Desde Puerta Carmona se dibujaba un camino que acababa en una bifurcación, hacía la izquierda se iba a Carmona, hacia la derecha a Alcalá de Guadaira y en el centro de la división se levantaría lo que hoy conocemos como Torreblanca de los Caños.

Torreblanca de los Caños adopta el nombre de uno de los molinos propiedad del concejo que se encontraba en la bifurcación del camino que, partiendo de la Puerta de Carmona, se dirigía hacia Carmona y Alcalá de Guadaíra. A finales del siglo pasado, se localizaban en este espacio una fábrica de aceites y jabones, propiedad de los Luca de Tena, y algunas casas ocupadas por trabajadores agrícolas de las haciendas próximas.

Habría que esperar hasta 1910 para que aquella zona pudiese considerarse un núcleo urbano. De los 21 edificios de aquel año y los 82 habitantes que conformaban esa pequeña aldea recién levantada, en 1937 el número de vecinos ascendió a 282. Este crecimiento permitió se establecieran allí algunas fábricas y una parada de postas.

A mediados de los cuarenta, el proceso de ocupación se acelera como consecuencia de una gran demanda de viviendas, provocada por la parcelación del suelo rural, mediante la cual los sectores sociales más modestos comienzan a construir sus casas. Son estos sucesivos asentamientos que, a pesar de realizarse sin ningún tipo de planificación previo, fueron configurando los distintos sectores que ahora forman el barrio sevillano. La no organización y construcción a demanda creó ciertas diferencias en las edificaciones que provocaron que la Delegación Municipal de Estadística distinguiese en 1967 tres sectores: Torreblanca la Vieja, Torreblanca la Nueva y el grupo de viviendas del Real Patronato. Aunque los dos primeros, atendiendo a la génesis y tipología de la edificación, se contemplan como una unidad.

«Las tres Torreblancas»

En cuanto a esos dos primeros sectores, los asentamientos y la autoconstrucción continuan dando forma a lo que hoy conocemos como la barriada de Torreblanca. Esta autoconstrucción protagoniza la primera peculiaridad de esta zona, y es que a pesar de haberse edificado sin planificación alguna, destaca la racionalidad del trazado viario, con calles en forma de damero, distorsionado en algunos sectores, y manzanas sin acusados entrantes o salientes, que guardan una ejemplar alineación de las viviendas, hechos todos ellos que suelen estar ausentes en la mayor parte de las barriadas de autoconstrucción.

En la Torreblanca de autoconstrucción, la tipología de las edificaciones es la vivienda unifamiliar de una a tres plantas, en la que, sin estar ausente la típica fachada de cal, aparecen algunas recubiertas con azulejos multicromáticos. Construidas con buenos materiales, sobresalen las amplias balconadas, repletas de macetas de gitanillas, claveles y geranios, que aportan, en la estación de floración, su natural e intenso colorido.

En lo referente al otro sector, está constituido por los bloques del Real Patronato de Casas Baratas, en total 1 .608 viviendas, construidas entre 1950 y 1960, a instancias del gobierno civil, con la intención de erradicar el chabolismo de El Vacie. El proyecto fue de Fernando Barquín Barrón y Alfonso Toro Buiza. Aunque no todas las travesías de esta zona poseen un trazado recto, tienen en común el acerado de losetas o de cemento, y el pavimento asfáltico, destacando la ausencia de espacios destinados a aparcamientos y el escaso mobiliario urbano.

Respecto a la tercera unidad morfológica, la inmobiliaria y constructora Edisoma urbaniza, entre 1971-1972, el espacio comprendido entre las calles Chopo, Drago y la carretera nacional, surgiendo así la barriada del parque residencial Torreblanca, conocida por aquel entonces como «las tres calles», por ser éste el número de las que la componen.

He aquí la segunda peculiraridad de Torreblanca, y es que curiosamente el espacio planificado es el más deficitario siendo las zonas mejor equipadas las de los núcleos más antiguos, a pesar de haber sido producto de parcelaciones y construcciones ilegales.

Esencia innata

Pequeños locales en los bajos de las viviendas y una plaza de abastos, permiten que los vecinos tenerlo todo a mano sin necesidad de salir de la barriada. En la zona del Real Patronato esta variedad comercial sería diferente, haciéndose necesaria la creación de un mercadillo matinal que facilitase a los habitantes de esa zona paliar la inexistencia de un verdadero mercado.

Entrar por la calle Pero Mingo, atravesarla y vivir un ambiente popular, con vendedores ambulantes, entre los que aún se encuentran comerciantes de cisco picón y carbón vegetal, que, a golpes de bocina, pregonan sus productos; madres y abuelas dueñas de su casa barren por la mañana las puertas de sus viviendas, refrescan la base de las fachadas rociándolas con cubos de agua y entre tarea y tarea, se forman tertulias; los niños ocupan las calles con sus juegos, y en las calurosas noches de verano los vecinos se sientan a las puertas de sus casas hasta que les rinde el sueño.

Zona habitada por romanos y árabes, que no fue sino un nexo de unión entre Sevilla, Carmona y Alcalé que al final acabó formando parte del dibujo de la capital, un barrio obrero construído por y para los vecinos, una zona que sigue manteniendo ese ambiente pintoresco, que a pesar de haber sufrido los cambios que marcan los tiempos, conserva su familiaridad y cercanía, características que han convertido a Torreblanca de los Caños en punto imprescindible para la ciudad.