Una de las maneras de medir la riqueza artística de una ciudad puede ser el hecho de que ésta presente edificios de categoría aún encontrándose bien alejados del «mimado» centro histórico. No es un caso aislado en Sevilla, pero un gran ejemplo sería la Casa Cuna, que cumple este año un siglo desde que fuese construida por el arquitecto Antonio Gómez Millán.

El monumental recinto se halla en la confluencia de la avenida alcalde Manuel del Valle con la de la Mujer Trabajadora. Precisamente es la mujer la gran protagonista de esta agridulce historia, pues esta construcción de marcada esencia regionalista fue creada para acoger a los niños huérfanos y abandonados de una ciudad en alza, como crecientes eran sus contrastes.

Inauguración oficial de la Casa Cuna, en noviembre de 1916, con las damas de la Junta Protectora, las Hermanas de la Caridad y autoridades de la época

Inauguración oficial de la Casa Cuna, en noviembre de 1916, con la Junta Protectora, Hermanas de la Caridad y autoridades

Con la intención de mejorar la calidad de vida de los pequeños, la Junta de Señoras Protectoras y Conservadoras de Niños Expósitos de Sevilla, un grupo de mujeres aristócratas e ilustres de la época, decidieron impulsar la creación del llamado Centro Provincial Infantil. Sería su primera gran obra, pues la sociedad fue gestada en 1913 y poco más de un año después arrancaban las obras de la Casa Cuna.

El nombre le vino dado por la costumbre popular. Algo similar había ocurrido ya con la céntrica calle Cuna, antes de «Las Carpinterías», lugar donde se encontraba, desde el 1558, el Hospicio de Sevilla. A la altura del actual Teatro Quintero.

Las condiciones de vida de este centro eran paupérrimas, no por intención sino por falta de presupuesto y por la creciente presencia de chiquillos, cercana al hacinamiento. El convulso siglo XIX terminó de subrayar esta tendencia.

La condesa de Lebrija era una reconocida filántropa. En la imagen, recaudando dinero para las tropas de África con la venta de cigarrillos

La condesa de Lebrija, reconocida filántropa, recaudando dinero para las tropas de África

Muy cerca de este lugar se hallaba (y halla) el Palacio de la Condesa de Lebrija, Regla Manjón Mergelina, que no fue ajena a este sufrimiento. Por ello, decidió ceder una finca de su propiedad, en la huerta de San Jorge, para que sirviera de punto de partida del noble proyecto, que contó con un presupuesto de casi 300.000 pesetas.

Otras nobles como María de la Concepción Castrillo y Sanjuan, Marquesa de Benamejí o damas como Enriqueta Monprivat, Magdalena Brackembury o María Argudín de Carlés fueron parte activa de la institución de beneficencia, dirigida a partir de 1919 por el pediatra José González-Meneses Jiménez.

Sería otra mujer, María Luisa Pereyra y Pereyra, viuda de José Murphy y Zábat, quien legó la mayor parte de su fortuna al centro de expósitos, como se recoge en una de las placas conmemorativas que lucen en el vestíbulo.

El recinto

Las obras se extendieron hasta la década de los veinte, aunque por fases. El edificio principal se fraguó entre 1914 y 1916. Como ya se ha mencionado, fue ejecutado por Antonio Gómez Millán, más próximo a Aníbal González por parentesco (eran cuñados), que por estilo, más modernista que historicista.

Retablo de la Casa Cuna / M. Herce

Retablo de la Casa Cuna / M. Herce

A su término, y hasta el 1917, se crearon los dos pabellones equidistantes a ambos lados de la entrada, destinados a vivienda del médico y el capellán. Finalmente, en el último se colocó una portería.

Después llegaría la capilla, entre 1921 y 1922, fundamental en un edificio de estas características, máxime cuando, a partir de 1938, la Casa Cuna quedó a cargo de la Congregación de la Caridad. De nuevo las mujeres y la institución.

Si ha tenido el gusto de visitarla, habrá comprobado que el retablo principal hunde sus raíces más allá del siglo XX. Y es que se trata de una obra de Cayetano Acosta, de 1770, para el convento de Carmelitas Calzados de Carmona que, por su estado de abandono, favoreció el traslado de este altar barroco al lugar que nos ocupa.

No es el único enclave religioso. Como curiosidad, en los jardines del complejo se halla una imagen de la Virgen de Lourdes, presentada a la manera de sus apariciones en la gruta de Massabielle, cerca de Los Pirineos, tal y como relató la canonizada Bernadette Soubirous.

Esta advocación mariana es la patrona de los enfermos y desvalidos, y nada parece encajar mejor en la descripción que un niño pequeño sin familia con algún tipo de dolencia.

Todos estos detalles, sumados a la maestría de las líneas, la serliana de la entrada principal, los remates de la cubierta, la disposición de las dependencias… hicieron meritoria a la Casa Cuna de ser proclamada Bien de Interés Cultural en 1983.

Imagen reciente de la fachada principal de la histórica Casa Cuna, ya como Fundación San Telmo / Millán Herce

Imagen reciente de la fachada principal de la histórica Casa Cuna, ya como Fundación San Telmo / Millán Herce

La década culminaría con el cese de la actividad para la que fue creada, aunque la labor desinteresada permanece. Desde entonces es sede de la Fundación San Telmo, institución que busca promulgar el desarrollo socioeconómico y empresarial y que estuvo presidida en sus primeros años, como no podía ser de otra manera en esta historia, por una mujer.