Cuando hoy se transita por la avenida de Miraflores y se observa su carácter eminentemente residencial y comercial, a base de pequeños negocios o establecimientos de hostelería, cuesta creer que, cierto tiempo atrás, aquello fuera una especie de «bulevar del ocio y la industria».

A las sonadas ausencias de la fábrica de vidrio de La Trinidad o de las grandes instalaciones textiles de La María, habría que sumar la del Cine de Pío XII. Y una más desconocida, la de una plaza de toros.

El coso, de no muy grandes dimensiones pero sí de reputación y ambiente, se situaba en la parte más cercana a la Ronda de Capuchinos, concretamente en la manzana que se describe con la calle San Juan Bosco.

En cuanto al tiempo, habría que retroceder al comienzo del siglo XX para encontrar allí verdaderas veladas taurinas, siempre que no se celebrase ese día una corrida en la Maestranza.

Eso sí, no se debe pensar en la Taurina, como se llamaba este redondel de Miraflores, como una competencia de la plaza de toros por excelencia. Aquí lo que se celebraban eran novilladas y sueltas de vaquillas para el «disfrute» de reuniones y aficionados, generalmente los fines de semana.

El resto del tiempo, el ruedo era el lugar de aprendizaje de una escuela de tauromaquia creada en los primeros años de la centuria, y previamente al coso, que por otra parte, fue derribado a finales de la década de los veinte dejando una pequeña barreduela, como se extrae el «Diccionario histórico de las calles de Sevilla».

Tras el bloque, de nueva construcción, en la esquina de Miraflores con San Juan Bosco se encontraba la Taurina / F.P.

Tras el bloque, de nueva construcción, en la esquina de Miraflores con San Juan Bosco se encontraba la Taurina / F.P.

El espectáculo tenía su punto de protocolo y distinción. Llegaron a verse coches de caballo apostados en la puerta, incluso los primeros automóviles, como explica el citado texto. Y disponía de varios accesos, uno de ellos «VIP», con todo lo lejana que queda esa palabra de los castizos tiempos a los que hacemos referencia.

Esa entrada no era otra que la calle Manuel Sánchez del Campo, rotulada en 1959 con el nombre del que fuera propietario de los terrenos.

Como curiosidad, y sin perder la vinculación con el mundo del toro, Sánchez del Campo era hermano del diestro algecireño «Cara-Ancha»

La Venta

Parejo al ruedo existía lo que, durante décadas, representaba el ocio más flamenco y alegre de Sevilla: las Ventas. Cuando algunas ya eran célebres, como la de los Gatos, Pinichi, o Pilín, la avenida de Miraflores contaba con una. La Taurina, lógicamente.

Como todo buen establecimiento de solera, tuvo sus anécdotas. Por ejemplo, en junio de 1933, el gobernador civil impuso una multa al dueño de la Venta por un adictivo «crimen».

Retrato del cantaor Manuel Torre

Retrato del cantaor Manuel Torre

Contar con una máquina tragaperras le supuso el desembolso de cincuenta pesetas de las de entonces. Cien tuvo que pagar el propietario del local del número 23 de Pagés del Corro, por permitir que en él se jugara a «los prohibidos».

Un año después, un suceso. Entre un taxista y un juerguista. El divertido cliente siguió una ruta por bares de Sevilla y, al llegar a la Taurina, comenzó a insultar y arrojar objetos al conductor, que respondió con una navaja. Ahí terminó la broma, y el servicio de la noche, pues el taxista resultó detenido y el juerguista, ingresado.

Por último, una historia con Manuel Torre, el flamenco, como protagonista. Según narró Manuel Barrios al diario ABC de Sevilla, unas vísperas de Nochebuena, casi al amanecer, se presentó Torre, que por cierto también tiene su calle (plaza) en el Polígono de San Pablo, en la Venta y sin dinero.

Manuel Zapico, entonces dueño de La Taurina, le convida receloso a una botella de manzanilla, y el cantaor, animado, le pide otra. «Todavía vas a vender hoy más de cuatro mil reales», le dice, y acto seguido empieza a cantar el villancico de «Los Campanilleros».

La gente, que ya empezaba a salir hacia el trabajo, escucharon en la lejanía el cante y terminaron por entrar.

La curiosidad y el decoro se tradujeron en comandas y, a las dos de la tarde la caja ya era considerable. Tanto que el dueño le dice a Torre, a la sevillana: «¡Hijo de mi alma!, Ven a diario aunque te bebas gratis toda la manzanilla de Sanlúcar!».

Una verja impide el paso, salvo a particulares, hacia la asilvestrada calle Manuel Sánchez del Campo / Fran Piñero

Una verja impide el paso, salvo a particulares, hacia la asilvestrada calle Manuel Sánchez del Campo / Fran Piñero

Los tiempos cambiaron, y la fisonomía de la calle. En las últimas décadas, curiosamente, hubo un bar en la esquina llamado «La taurina», en guiño a la Venta, escuela y plaza de toros. Desapareció bajo el bloque de pisos que se edificó en los primeros años del 2000.

La que persiste es la calle Manuel Sánchez del Campo, si bien su estado es cada vez más asilvestrado, en lo que deja ver el enrejado, el particular «burladero», que la separa de Miraflores.

De esta forma, además del ruedo maestrante y de la polémica Monumental de San Bernardo, Sevilla contó con otra plaza de Toros. Fugaz. Recoleta. De barrio. Que concentraba infinidad de historias de color albero y grana que, como tantos otros episodios de la avenida de Miraflores, hoy no son más que recuerdo.