Es el centro educativo por excelencia de la zona de la Barzola, en la Macarena. En su fachada principal figura un claro rótulo con su nombre: Colegio Público Arias Montano. Dos, mejor dicho. Sin embargo, son escasos los vecinos de esta barriada, o de la Huerta del Hierro o del Retiro Obrero, que le llaman de esta manera.

En su lugar, un sonoro aunque desconcertante apodo le identifica entre mayores y no tan adultos: Colegio de Los Moros.

Usando el sentido común cabría pensar en una elevada presencia magrebí entre sus pupitres, dados los elevados datos de población inmigrante que se concentran en esta zona de Sevilla.

No obstante, la cuestión demográfica poco tiene que ver con el sobrenombre, dejando por fortuna fuera de esta ecuación una cuestión tan despectiva para ciertos sectores.

Al menos en la actualidad. Y es que la razón tiene que ver con el Norte de África, pero en la Sevilla de comienzos del siglo XX.

El CEIP Arias Montano, con la parroquia del Mayor Dolor al fondo / Fran Piñero

El CEIP Arias Montano, con la parroquia del Mayor Dolor al fondo / Fran Piñero

La Exposición Iberoamericana se tradujo en un potente revulsivo a todos los niveles. Además de la belleza naciente en el sector Sur (avenida de la Palmera), la ciudad vivió una auténtica «puesta a punto».

Por ejemplo, de las infraestructuras escolares. Según el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, «en 1927 se aprobó el Plan de Reforma y ampliación de escuelas primarias municipales, que por primera vez trató simultáneamente las obras públicas destinadas a construcciones escolares de toda la ciudad, incluyendo obras completamente nuevas junto a la ampliación y renovación de las antiguas escuelas»

Así, surgen el colegio Padre Manjón, en los alrededores de Santa Marina, el actual CEIP José María Izquierdo, en Clara de Jesús Montero, o el Calvo Sotelo, en Arroyo.

Y el que nos ocupa. ¿Llamado entonces de Los Moros? No. Hubo más patriotismo que exotismo en su primer nombre: Colegio Queipo de Llano.

Cubiertos todos aquellos casos más urgentes, y una vez finalizada la etapa republicana, los cuatros proyectos vieron la luz en 1934, de la mano de Leopoldo Carrera Díez y de Juan Talavera y Heredia, artífice, entre otros, del edificio de Telefónica en la Plaza Nueva, de la casa Ocaña-Carrascosa de la calle Tetuán y de buena parte de los Jardines de Murillo.

Rincón dedicado a Petronila Lavado en el CEIP Arias Montano / Fran Piñero

Rincón dedicado a Petronila Lavado en el CEIP Arias Montano / Fran Piñero

Ambos dispusieron un estilo racionalista en el que se revisaban escrupulosamente las instrucciones técnico-higiénicas que el El Ministerio de Instrucción Pública había planteado de cara a las construcciones escolares. Instrucciones que observaban un óptimo emplazamiento, orientación, construcción, ventilación, iluminación…

Refuerzo sanitario

En 1937, los otros tres centros ya habían abierto sus puertas a los escolares. Pero el Queipo de Llano, situado en una zona de huertas (su perímetro triangular buscaba facilitar la futura expansión urbana), se estrenó con un uso distinto al previsto: el sanitario.

La parcela triangular del Arias Montano queda delimitada por un muro de remates piramidales / F. Piñero

La parcela triangular del Arias Montano y su muro «piramidal» / F. P.

Su cercanía con el entonces Hospital de las Cinco Llagas le convirtió en una ampliación de sus servicios. Pero no para cualquier ciudadano, y he aquí el apodo, sino para los soldados musulmanes que habían combatido en la Guerra Civil.

De hecho, al término de la contienda ya se abrió como colegio, previa rehabilitación de sus espacios. Cambios que, por la lógica funcionalidad que demandan los tiempos, siguieron produciéndose a lo largo de sus casi 8 décadas de trayectoria, con sucesivas ampliaciones como la del gimnasio.

Por cambiar, cambió hasta su nombre. Dejando atrás las asociaciones bélicas en pos del humanismo con Benito Arias Montano. Y que se completa con sendos azulejos dedicados a Gustavo Adolfo Bécquer y su rima XXIX, en la zona este del colegio, o a la poetisa extremeña Petronila Lavado, con un «camino verde» en su honor.

Sin embargo, el breve lapso en que los muros del colegio albergaron cuidados a la salud aún sigue arraigado entre sus vecinos, con ese emblemático apodo, que parece serle tan propio como la peculiar forma triangular del alto muro que lo circunda.