Ahí donde se levanta la parroquia de San Benito, de la que cada Martes Santo sale un apuesto Pilato a presentar a Sevilla al Hijo de Dios, hay, al menos, 1.454 años de religión católica. Son cimientos que forman parte de la propia historia de la ciudad y sus tiempos, los anales de una iglesia que tiene mucho que contar desde su enorme barrio de la «Calzá», toponimio patrio en recuerdo olvidado de aquella calzada romana extramuros de las murallas que llevaba hasta la ciudad entrando por la Puerta de Carmona, cerca de los Caños.

Lo más cercano sería hablar de sus más de quinientos años benedictinos y lo más dilatado en el tiempo cercano es remontarse a aquella primera misa inmediata de la Reconquista de Sevilla por el Santo Rey Fernando III en 1248, en los treinta días concedidos a los musulmanes para marchar. Antes, en memoria presente en la ciudad, al lugar están unidos los nombres de San Isidoro y San Leandro -tíos de San Hermenegildo, el primer rey católico de Sevilla, que sufrió martirio en la Puerta de Córdoba-, que habrían estudiado en el llamado convento de San Cristóbal, primigenia edificación de este asentamiento netamente católico en la Sevilla visigoda, fundado por el rey godo Atanagildo a mediados del siglo VI.

Con certeza sabemos que al espacio que ocupa la parroquia -que ha cumplido 58 años con esa denominación que le da la autogestión tras haber dependido de San Roque- llegaron monjes del Monasterio de Silos a los que el Rey otorgó el privilegio de fundar su monasterio, que se llamó tanto de San Benito como de Santo Domingo de Silos.

La Virgen de Valvanera
Fue Alfonso X el Sabio quien, en 1259, en el repartimiento les cedería las tierras para ello. Desde aquellos tiempos presidió el retablo mayor la fernandina Virgen de Valvanera, de la que hay una copia en San Alberto Magno, cuando en 1855 la Hermandad de gloria cuyas reglas aprobó el arzobispo Salcedo en el XVIII, se traslado a aquel templo, aunque volvería definitivamente a la Calzada. Es, por su antigüedad la Virgen de Valvanera una de las mayores joyas de San Benito. No dejen de apreciar las señas románicas en su efigie barroquizada y adaptada para poder ser vestida.

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La pintura mural de San Cristóbal, muy deteriorada

En 1513 el convento se convirtió en abadía -época en la que Doña Leonor de Figueroa consiguió fijar la advocación de San Benito de Silos para el convento-, de la que quedan hoy algunos restos, como muros integrados en la parroquia o de pinturas murales, como las que pueden verse en el arco que da a la capilla sacramental, donde ahora, en un retablo neobarroco, están el Señor de la Presentación, obra de Castillo Lastrucci, y la Virgen de la Encarnación, bellísima obra anónima del XVII y auténtica Reina de su barrio, que será retirada del culto este miércoles para que la restaure el imaginero y profesor Juan Manuel Miñarro. Completa el retablo una imagen de San Juan.

La capilla está tapizada por un zócalo de azulejos del trianero Ramos Rejano pintados por Oliver, en la que puede verse su tradicional firma con un pajarito, que representan la Anunciación o el Triunfo de la Eucaristía, además de óvalos con los bustos de San Juan de Ávila, Santa Teresa de Jesús, San Juan de Ribera y Santa María Micaela.

La Virgen del Buen Alumbramiento, de Roque Balduque

La Virgen del Buen Alumbramiento, atribuida a Roque Balduque

Volviendo al siglo XVI, el monasterio fue revitalizándose con hitos como la traída desde Córdoba, con todos los fastos posibles, del cuerpo de un cristiano martirizado en el año 834, aunque después sufriría con la invasión francesa, que lo expolió, y con la Desamortización de Mendizábal, que acabó con la presencia de los benedictinos. El último abad, fray Andrés Borrego, que murió en 1868, el año de la «Gloriosa», está enterrado en el presbiterio bajo. Fueron daños del paso del tiempo, a los que se añadieron las catástrofes naturales, como las arriadas del Tagarete o la última terrible del Tamarguillo, que destruyeron muchos bienes muebles del templo.

Queda la iglesia, diseñada por el arquitecto renacentista Juan de Oviedo con el mecenazgo de los marqueses de Tarifa, en el XVII, junto a la residencia de las Hermanitas de los Pobres, que ocupan el terreno y la huerta que fueron de los monjes.

Vista patrimonial
Hoy son destacables en su patrimonio la imagen de la Virgen del Buen Alumbramiento, atribuida a Roque Balduque; el lienzo de Santa Gertrudis la Magna, de Juan del Castillo, del XVII; un Cristo pendiente de estudio con rasgos que recuerdan al del Calvario; dos cuadros del XVII, de Juan de Medinilla del Nacimiento de la Virgen y del Niño Jesús; la cúpula de media naranja con pinturas de santos benedictinos; de la primitiva abadía, de la que se conservan varias piezas de rejería, restos de pintura y varios lienzos de la Virgen, San Miguel y Jesús atado a la columna, también por estudiar; una escultura de San Antonio, del XVII o el XVIII, restaurada por la Real Maestranza de Caballería, o un cuadro, que recibió la parroquia de una donación particular el año pasado, de San Ignacio de Loyola en la cueva mientras la Virgen le dicta los ejercicios espirituales, que podría ser de Murillo o Jesús Domínguez, entre otras muchas obras de arte, algunas de las cuales, por desgracia, están sin catalogar aún.

 

Ayuda para pagar la obra de la torre

Recientemente concluyeron las obras de restauración de la torre de la parroquia, que estaba en estado ruinoso. Para estas imprescindibles trabajos, el párroco, Manuel Luque, ha tenido que pedir un préstamo de 90.000 euros, avalado por la Archidiócesis. Los pagos mensuales dependen de las aportaciones de la feligresía, que se calcula en unas 20.000 personas, y la ayuda de las dos hermandades: San Benito y la Virgen de Valvanera. La situación actual, de falta de subvenciones oficiales, marca el calendario. El párroco, poniendo sobre el tapete la carga que supone para la Archidiócesis el ingente patrimonio de su jurisdicción que conservar, afirma que la riqueza artístico religiosa «tenemos que mantenerla entre todos porque hay que tomar conciencia de que es de todos».