Una peseta. Ese era el precio que Natividad Martínez cobraba a sus alumnas por sus clases en el colegio que ella misma creó en la calle Almoracid del barrio de San Bernardo. Eran los años 20, en una Sevilla en blanco y negro, esta voluntariosa maestra sacó adelante a generaciones de mujeres que este jueves se han reunido para homenajear, quince años después de su muerte, a doña Nati, «una santa», para sus vecinos.

Pía Halcón en el homenaje a doña NatiDe matemáticas a lengua, de historia a talleres de costura. «Del colegio de doña Nati salíamos recitando todos los ríos de España», cuenta Emilia Díaz, alumna desde los tres hasta los siete años. En ese tiempo, recuerda, tenía que llevar la silla de casa a la escuela. La falta de recursos, símbolo de la época, se compensaba con «el mucho cariño que nos daba a sus estudiantes», detalla ante el azulejo que la Asociación Amigos de los Jardines de la Oliva y un nutrido grupo del vecindario han dedicado a la docente.

«A mí me enseñó a hacer mi ajuar», explica Maripaz Martínez -Paíta-, sobrina de doña Nati, alumna y ayudante durante siete años, «hasta que me casé», puntualiza. Eran años de guerra, dictadura, que obligó a la docente a impartir clases solo a las niñas, y hambre. «Ella sabía cuando había necesidades en el barrio y, si veía signo de que la familia no tenía recursos, no le cogía la peseta a la niña», asegura su sobrino José María Martínez, uno de los promotores del homenaje, al que ha asistido la delegada del Distrito Nervión, Pía Halcón.

Sin tener el título de Magisterio, doña Nati -aunque nadie en el barrio duda de su capacidad como maestra- hizo prosperar a muchas de sus alumnas. «Una niña que fuese lista y le gustase estudiar, salía para una colocación», explica Paíta. «Era una mujer todoterreno», según la describe la delegada. «Ella daba clases, limpiaba, pintaba las paredes del aula, incluso hacía los arreglos de la electricidad; cada tarde, al terminar la jornada lectiva, se arrodillaba y con una bayeta limpiaba el patio donde impartía las clases para que estuviese impecable al día siguiente», enumera Halcón.

Homenaje a Doña Nati

Más allá de su actividad docente, casi indisoluble a doña Nati, esta vecina de San Bernardo -de aspecto enjuto pero bien parecida y soltera- colaboraba con la hermandad del Sacramental. «Ella almidonaba y planchaba los paños del altar, era camarera de varios altares de la hermandad del barrio», recuerdan. «Y preparaba las túnicas de los carráncanos, que iban delante de la custodia», detalla su sobrino José María. «Su padre fue prioste de la hermandad», añade.

«Ha sido una institución en San Bernardo», confirma José María. «Ella título no tenía, pero como si lo tuviese», matiza. «Posiblemente, nombres como el de Natividad Martínez no figuren nunca en los grandes libros de historia -afirma la delegada Halcón-, pero su trabajo callado, humilde y entregado es todo un ejemplo de dedicación para generaciones de vecinos del distrito».

Homenaje a Doña Nati