Manuel, es un vecino y hermano de San Bernardo. Hoy es un día muy especial para él, hoy es Miércoles Santo. El despertador esta mañana no molesta, no es un incordio levantarse. La alarma suena sobre las diez de la mañana, no muy temprano, porque hay que estar descansado para la larga jornada que le queda por delante.

Tras el despertar, muy diferente al de cualquier otro día, lo primero que hace es asomarse a la ventana, un gusanillo recorre todo su cuerpo ante la incertidumbre de saber que «habrá dispuesto San Pedro para este Miércoles Santo». Una sonrisa inundará su cara si los rayos de sol asoman por su persiana y una inmensa tristeza invadirá su alma si las nubes son las protagonistas del día. Pero hoy todo apunta a que será un día soleado y toca disfrutar, lo sabe porque lleva dos semana siguiendo todas y cada una de las previsiones meteorológicas que existen.

Seguidamente toca reponer fuerzas y desayunar junto a sus padres y su hermana, recordando las Semanas Santas anteriores, recuerdos que nunca se olvidan y que cada año suma anécdotas y experiencia.

Están a punto de dar las 12 de la mañana y como cada Miércoles Santo suena el timbre de su casa. Son sus primos, en la familia de Manuel es tradición familiar que todos los primos se vistan juntos de nazareno. Según relata este hermano de San Bernardo, ya a estas horas los nervios son incontrolables «saltamos por cualquier cosa, nos molesta lo más mínimo, pero sólo son los nervios, nervios que hasta gustan».

Con la ayuda de unos y otros se visten, y una vez más, un año más, Manuel se da cuenta que el cíngulo le queda corto, y una vez más se dice a si mismo «el año que viene me compraré otro» y añade «para el año que viene se me olvidará y me volveré a encontrar en la misma situación, son cosas que nos pasan y que no hacen reír en ese momento de tensión».

Ya llega la hora, es el momento de coger la papeleta de sitio, abrir la puerta, besar a los que se quedan en casa y dirigirse hacia la Iglesia. A partir de ahí todo es penitencia.