Sevilla se encuentra a punto de «estrenar» su nuevo cielo con la Torre Pelli. La ciudad, que observa con recelo cómo la simbólica Giralda ha sido ampliamente superada por el rascacielos de La Cartuja (circunstancia que ya se había dado con los puentes del Alamillo y el Centenario) es, sin ser consciente de ello, un lugar «de altura».

Porque Sevilla alberga la estatua más grande de España. Y desde hace una veintena de años.

Para encontrarla no hay que abandonar la citada Isla de la Cartuja, aunque si dirigirse en la dirección diametralmente opuesta, hasta llegar a San Jerónimo.

Allí se alza, con 45 metros (32 sin el «armazón») lo que popularmente es conocido como «El Huevo de Colón», una obra en bronce que representa al histórico navegante portando un mapa oceánico sobre el que figuran las tres carabelas. Todo ello inserto entre amarras y velas de sus navíos, con una ovalada forma que evoca la famosa anécdota del descubridor de América.

Decían que fue Cristóbal Colón el primer hombre que puso un huevo de pie. De ahí se extrajo una expresión que la RAE define como «cosa que aparenta tener mucha dificultad pero resulta ser fácil al conocer su artificio».

Detalle del rostro de Colón según Tsetereli en «El Nacimiento de un nuevo hombre» / Vanessa Gómez

Detalle del rostro de Colón según Tsetereli en «El Nacimiento de un nuevo hombre» / Vanessa Gómez

Desde luego que no es aplicable a esta estatua, traída por piezas desde Santurce a Sevilla en un total de 37 camiones especiales, (se descartó el ferrocarril por la insuficiente holgura de ciertos túneles) y previamente transportada en barco desde San Petersburgo al puerto vasco. El coste de la operación se cifró en 5 millones de pesetas.

Una vez que llegaron las partes, se contaba con que 6 montadores rusos guiaran los trabajos, pero la visita técnica nunca se produjo.

Una gran donación

El punto de partida ruso no es casual. La obra respondía a un regalo por parte del Ayuntamiento de Moscú al hispalense, una idea gestada ya en 1992 y que se consumó sin gastos para el consistorio sevillano, salvo por la adecuación de los terrenos.

El lugar, que había sido vivero para la inagotable vegetación de la Expo, quedó reconvertido en parque «de San Jerónimo» con el monumento a Colón como punto neurálgico.

Imponente instantánea del «Huevo de Colón» / Vanessa Gómez

Imponente instantánea del «Huevo de Colón» / Vanessa Gómez

Sevilla ofrecía así su cuarto homenaje escultórico al genovés, tras la estatua del Monasterio de La Cartuja (1887), el sepulcro catedralicio (en la ciudad desde 1899) y el monumento de los Jardines de Murillo (1921). Eso sí, es el de mayores dimensiones. Sobre todo, peso: 450 toneladas.

A ello se debe la autoría de Zurab Tsereteli, escultor, pintor y arquitecto georgiano con gusto por las megaobras como vehículo ideológico. Un ejemplo sería su representación de Pedro I de Rusia en la capital moscovita de casi un centenar de metros de longitud.

El trabajo que nos ocupa bebe de cierta influencia cubista. Aunque la conexión con las vanguardias no acaba ahí. Su nombre real, «El nacimiento de un nuevo hombre» evoca al del cuadro surrealista de Dalí, «Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo…», de 1943, en el que también aparece un huevo.

Como curiosidad, el creador donó una réplica del Colón sevillano a escala a la Unesco, que se puede contemplar en los jardines de su sede parisina.

Comparativa

Cristo del Otero, Palencia

Cristo del Otero, Palencia

La envergadura de la obra de Tsereteli no tiene «rival» en territorio nacional. Por poner algunos ejemplos, el simpático y «bien criado» Puppy, el perrito del Guggenheim bilbaíno, tiene flores a lo largo de 12 metros de altura. La misma longitud que el Cristo de la Mota de San Sebastián.

El propio Giraldillo, por tomar referencia, y pese a la majestuosidad que puede apreciarse en su réplica frente a la Puerta del Príncipe, se extiende en unos recoletos 3,47 metros.

Aunque pueda parecer más imponente, el Cristo del Otero de Palencia cuenta con «poco» más de 20 metros de altura, cifra algo imprecisa pero que en ningún caso llegaría a los 30, y mucho menos a los 45 del conjunto de Colón, que no destaca tanto por no presentarse sobre cerro ni promontorio alguno.

De hecho, tan sólo un metro más tiene la icónica Estatua de la Libertad estadounidense, en lo que a trabajo escultórico se refiere.

Lógicamente, el conjunto monumental del Valle de los Caídos supera con creces las obras que aquí se refieren. 150 metros de longitud ostenta la cruz desde el basamento, sin contar el pedestal natural que supone la montaña en la que se enclava. De ahí que este reportaje se centre en estatuas.

Colón, por tanto, luce colosal en Sevilla. Salvo si se le compara, por ejemplo, con el Buda del Templo de Primavera en Lushan, China, y sus 128 metros. La escultura más grande del mundo. Y que reforzaría, quizá demasiado, ese nuevo cielo hispalense próximo a ser estrenado.