Pistola rayada, 15 pasos de distancia, disparos simultáneos -hasta quince y con las espadas francesas preparadas en prevención de la mala puntería- y solo una herida grave o la muerte para poner fin al lance. Los dualistas comparecen, junto a sus padrinos, a las cinco de la tarde -hora infrecuente para tales lides- del 10 de octubre de 1904 en la Hacienda del Rosario, a las afueras de Sevilla. Se oyen tres detonaciones y uno de los contendientes cae al suelo tras recibir un certero balazo que le atraviesa el corazón. Así moría Rafael de León y Primo de Rivera, marqués de Pickman en el duelo que conmocionó a Sevilla.

Dinero e infidelidad están detrás de uno de los duelos que más trascendencia tuvo en la Sevilla de primeros del Siglo XX. La relevancia de uno de los contendientes, Rafael de León, ex diputado liberal y casado con la marquesa de Pickman, propietaria de la famosa fábrica de loza inglesa de Sevilla, confirió al asunto cariz que llegó a provocar la intervención del presidente del Gobierno, Antonio Maura, que firmó la destitución del gobernador civil de Sevilla.

La fama de dadivoso granjeada por el marqués de Pickman, que solía frecuentar por las fiestas de la ciudad y mostraba excesiva generosidad con los amigos, salía caro al bolsillo de los Pickman. Obligado por los apuros económicos que atravesaba, Rafael de León, recurrió a una patente de un capitán de la guardia cilvil, Vicente García de Paredes, para solicitarle un préstamo. «Un anónimo malintencionado señalaba que por el dinero prestado, el aristócrata hacía la vista gorda ante el capitán que le hacía el amor a su esposa», explica Inmaculada Barriuso en un estudio sobre duelos publicado por el Museo Arqueológico Nacional.

Enfadado por las habladurías, que iban corriendo por Sevilla, el marqués fue en busca del capitán al que abofeteó delante de los presentes a la salida del teatro Cervantes. La afrenta solo tenía una salida posible. El capitán García de Paredes nombró sus padrinos y el marqués hizo lo propio. El duelo, que se intentó salvar sin éxito en unas negociaciones previas, se celebraría el 10 de octubre a las 5 de la tarde, una hora más taurina que pensada para los duelos, que solían celebrarse al alba para evitar la intervención de las autoridades dada la prohibición dictada por el rey Felipe V en 1716 y refrendada en Código Penal de 1805. Los duelos estaban castigados con penas que iban del arresto a la prisión en caso de muerte.

El capitán Vicente García de Paredes y el marqués de Pickman, en el centro, las armas.

El capitán Vicente García de Paredes (izq.) y el marqués de Pickman, en el centro, las armas que se usaban en los duelos.

Citados los contendientes en la Hacienda del Rosario y con ellos los padrinos, Manuel Goyena y Manuel Cagigas por parte del marqués y el comandante de infantería Perales y el capitán de la Guardia Civil Vivar y un médico militar por parte del capitán García de Paredes. Estos fijaron unas condiciones de duelo «propias de las ofensas graves», detalla Barriuso en su estudio. A pesar de estas, los duelistas decidieron reducir el número de pasos hasta quince e igual número de tiros y si, por mor de la mala puntería erraban en su objetivo, hasta el lugar se llevaron espadas francesas. Al tercero de los disparos, Rafael de León se desplomó, muerto; quedaron con él sus padrinos y se dio aviso al juzgado de guardia», amplía.

El cuerpo ya sin vida del joven aristócrata fue trasladado a la casa donde vivía, donde quedó instalada la capilla ardiente. Según cuentan los diarios de la época, la fábrica de La Cartuja permaneció cerrada y «todos los empleados de la mencionada asistieron al entierro, al que acudieron numerosos aristócratas y representaciones de todas las clases sociales», publicaba el Noticiero Granadino en su información telegráfica.

«El entierro se celebró con gran pompa; féretro de ébano, carroza dorada conducida por caballos con guarniciones y penachos negros», enumera Barriuso. «La carroza fúnebre era magnífica y aparecía cubierta de coronas», narraba el diario en su edición del día 12 de octubre. Sin embargo, «el clero no asistió a la conducción del cadáver, cumpliendo con las disposiciones que el Derecho canónico impone a los que mueren en duelo», explica el estudio. Además, el Arzobispo de Sevilla, el cardenal Spínola, se opuso a que el sepelio se verificara en el cementerio católico, lo que provocó grandes protestas.

Ya llegados al camposanto, el capellán comunicó la orden de no admitir el enterramiento en el recinto sagrado, sino en el departamento de disidentes. «La multitud se impuso y, a pesar de las protestas del religioso, mil y pico de obreros penetraron con el cadáver arrollando a cuanto se oponía a su paso y el marqués de Pickman fue enterrado en el panteón de la familia», relata el cronista Fernando Soldevilla en su «El año político, 1904».

Sin embargo, a las tres de la madrugada posterior al entierro, «una sección de la Guardia municipal, un pelotón de polizontes y una sección de guardias civiles procedieron a sacar del panteón el cadáver del marqués para trasladarlo al cementerio de disidentes», relata Soldevilla, que también certifica la presencia de parte de la familia de León. Estos últimos acontecimientos trascienden a la luz pública, generando agitadas protestas que llegan hasta las Cortes.

El diputado Rodríguez de la Borbolla narra en el Congreso los hechos, que llegó a tildar de «monstruosos e infames», ante la «indignación de la mayoría de la Cámara», según publica el corresponsal del Noticiero Granadino. «¡Orden!… ¡Orden, señores diputados!». Tras calmarse los ánimos, Rodríguez de la Borbolla anunció que en Sevilla se preparaba una gran manifestación de protesta por la exhumación del cuerpo del marqués. Minutos después, el marqués de la Vega de Armijo pide que se castigue «el atropello inaudito realizado con los restos del marqués».

Pero los problemas para el Gobierno no quedaron ahí. De otra parte, «determinados elementos armados hicieron saber a elevadas autoridades que no consentirían la prisión del capital García de Paredes, que se había batido por el honor del uniforme que vestía y que, por lo tanto, estaban dispuestos a todo», relata Soldevilla.

Temeroso de los militares, el Gobierno consigue que el sumario incoado fuese sobreseído y el capital García de Paredes evitara la cárcel. Por otro lado, el Gobierno de Maura decidió destituir al gobernador civil de Sevilla para calmar los ánimos.

Las protestas se mantuvieron, tanto en las calles de Sevilla como en las Cortes. El duelo, convertido en una cuestión de Estado, y los sucesos posteriores hicieron correr la tinta por los diarios de la época. Y todo fue por dinero y una infidelidad. Una afrenta que acabó con la vida del marqués de Pickman.