«Todo esto era campo». La expresión, propia de los más veteranos de nuestra sociedad es el resumen casi perfecto de esta publicación. Casi, porque aquí vamos a hablar de campo pero también de una laguna, la de Cascagea, que ocupaba buena parte de la zona que se encuentra a la izquierda de la actual Carretera de Carmona, entre las calles Almadén de la Plata y Lamarque de Novoa.

Aunque de entrada suponga un importante ejercicio de imaginación, pues se trata de una zona profusamente eficada, no hace falta echar la vista atrás en exceso. Hasta los primeros años del siglo XX permaneció, debidamente cercada, la que otrora fuese conocida como «Laguna de los Patos», colmatada por aquel entonces.

En el plano que ilustra esta información, de Carlos Romero Moragas, se puede observar la presencia de Cascagea en la esquina superior izquierda. El mapa hace referencia a una Sevilla cercana al 1850, aunque la laguna correspondía a una época bastante anterior, casi previa al sistema de huertas, herencia andalusí.

Atendiendo precisamente a esto último, la «Laguna de los Patos» se encuadraba entre las huertas del Pajarito (actual manzana entre carretera de Carmona, San Juan Bosco y Ronda de Capuchinos), la de la Barzola, que derivaría en la homónima barriada en los años treinta, la de Casajea, la de San Francisco (estas dos últimas en la mitad de la actual Miraflores) y la Huerta de la Trinidad.

La presencia de lagunas en Sevilla era tan común como las de los cursos de agua que la atravesaban. La Alameda fue laguna en su día y Buhayra, no significa otra cosa que «Laguna grande», precisamente sobre la cual se levantó el palacio del Rey Moro y sus opulentos jardines. Además, el Parque Acuático de Sevilla se asienta sobre una antigua laguna, próxima a la Hacienda de Benaburque, como explica Joaquín Cortés José en «Sevilla extramuros: la evolución de los espacios periurbanos». Eran precisamente antiguos cauces fluviales, aislados, que se llenaban «con el agua de la lluvia o con la surgencia de fuentes naturales», explica.

Si que es cierto que, más que como lugar de recreo, Cascagea sirvió, por orden del Cabildo Municipal y, desde el siglo XVIII, de escombrera y depósito de los desechos provenientes de la ciudad, y que más que el cantar de los patos se escuchaba a las ranas croar. La suciedad era patente, de ahí que hubiese prohibición expresa de bañarse en sus aguas, en especial en su última etapa, en la que además ganó profundidad.

La profundidad se convirtió en verticalidad, la de los muros de la fundición de bronce y fábrica de tapones de corcho que terminaron por sepultarla. Donde hoy viven sevillanos muere el recuerdo de esos episodios que, aunque cueste creer, existieron en el pasado reciente de la ciudad.