En todo pueblo de montaña existe una fuente a la que da a parar un agua de propiedades terapéuticas. Un manantial al que el acervo popular suele conferir una esencia casi milagrosa. En la llana Sevilla también existió uno de esos manantiales: la Fuente del Arzobispo.

Para encontrarlo había que ir en dirección a Carmona, al igual que hacían los famosos caños que surtían agua a la mayoría de huertas y particulares de la Sevilla de la Edad Media. Fíjese hasta dónde llegaba su pureza, que los más refinados de la época preferían sus aguas a las del acueducto. Y el pueblo llano, que «peregrinaba» por la zona para llenar sus cántaros, por una vía que se conocía como «Camino de la Fuente del Arzobispo», «arrecife viejo de Carmona», en el siglo XIX, y carretera de Carmona en la actualidad.

Lo milagroso, como suele ocurrir en estos casos, ya dependía de la fe del consumidor, aunque muchos puedan creer que se debe a su religioso y distinguido nombre. Sin embargo, la denominación se basó en criterios de propiedad y no de Gracia, pues tras la Reconquista de Sevilla, el Rey San Fernando otorgó estos terrenos a Raimundo de Losana, más conocido como Don Remondo, entonces Arzobispo hispalense.

La finca, que se terminaría convirtiendo en la Huerta del Arzobispo, incluía lo que en la actualidad delimita el último tramo de la calle Hespérides con el inicio de la calle Gramil. A ambos lados de ese eje imaginario, incluyendo parte de lo que ahora es espacio ferroviario, se extendía la propiedad del que un día también fuese Obispo de Segovia.

El poeta Rodrigo Caro describía el abastecimiento de agua del que gozaba Sevilla en el siglo XVI de la siguiente manera: «en toda la ciudad en común, se derivan de los Caños de Carmona, y acueductos del Arzobispado tantas fuentes que casi no hay casa principal que las tenga, con muchos huertos y jardines: lo cual, con otros reparos, en el más ardiente verano, junto con las suaves mareas que correden de ordinario, hazen la ciudad notablemente apacible, fresca y regalada».

Plano de la Fuente del Arzobispo / Antonio PAlau (Universidad de Sevilla)

Plano de la Fuente del Arzobispo / Antonio Palau (Universidad de Sevilla)

Así, una red de canalizaciones llevaba agua desde este punto a variadas fuentes de Sevilla, como por ejemplo la que se encontraba en la Alameda de Hércules, que a su vez actuaba como punto de venta del preciado y abundante líquido.

Como refiere Joaquín Cortés José en «Sevilla extramuros», las huertas del sector de la Macarena «se beneficiaron de esta abundancia de agua, lo que actualmente se puede comprobar por los pozos y conducciones cubiertas que se observan en las huertas de Miraflores».

 Yacimiento arqueológico

La historia se enriquece aún más al conocerse, por ciertos estudios arqueológicos, que aquella zona pudo ser asentamiento de los primeros hombres en la Edad del Cobre. Así lo constató Feliciano Candau en el siglo XIX, cuando encontró una «astilla de sílex, tallada al parecer».

El calcolítico, como también se conoce a este periodo prehistórico, destaca por el primer uso de los metales. Y metal fue lo que encontró, en 1945, el arqueólogo Francisco Collantes de Terán. Un cuchillo de sílex y piezas de cerámica refrendaban las investigaciones previas.

Hoy es complicado imaginar un pasado de riqueza histórica en una zona donde el único símbolo es una gasolinera, donde el único reguero es el de las vías del tren.

Sin embargo, no hay que olvidar que el lugar se encontraba próximo a la desembocadura del arroyo Tamarguillo, lo cual garantizaba tierras fértiles, de utilidad. Tierras que albergaban un agua que posteriormente sería la delicia de la Sevilla antigua.