Sevilla vivió un «milagro» en 1961. Así lo calificaron muchas de las familias que fueron objeto de «su gracia», en la que más que mano sagrada, eso sí, hubo mano de obra muy activa. Y certeras directrices políticas.

Nos referimos a las llamadas Casitas bajas de San Pablo, germen del Polígono del mismo nombre (aunque para la mayoría no sea necesario el calificativo final, que le viene por asentarse en los terrenos junto a la autovía del Aeropuerto de San Pablo) y que dieron cobijo a lo largo de su historia a casi de 46.000 personas, en especial a aquellas que habían perdido todo tras la imponente inundación del arroyo Tamarguillo.

Zapadores del Cuartel de Ingenieros intentando taponar el muro de contención / «Nomenclatura de calles...»

Zapadores del Cuartel de Ingenieros intentando taponar el muro de contención / «Nomenclatura de…»

Se encontraban en lo que hoy es Barrio C, tramo del Polígono que comprenden las calles Ada, Tesalónica y Tarso y la avenida de Kansas City. Precisamente las casitas se construyeron a partir del límite de esta última, entonces mera carretera (se rotuló en 1968), y se extendían mayoritariamente por el recinto del Pabellón de San Pablo y las pistas deportivas aledañas.

Allí se edificaron un total de 2.000 alojamientos que empezaron a ocuparse, por fases, el 14 de marzo de 1962, previa bendición del Cardenal Bueno Monreal.

«La mayoría de los miles de criaturas que allí había tenían lágrimas asomadas a sus ojos. Pero no de pena, sino de alegría, porque se vió claro que el Señor estaba con nosotros. Fue cuando el milagro del ‘Políngano’ fue consumado», explicaba un vecino, Manuel Rodríguez Ruiz, en una carta de 1969 al diario ABC.

Tiempo y necesidad récord

Emociones aparte, sí que tiene mucho de milagro levantar semejante parque residencial en tan sólo 40 días. La ocasión apremiaba.

De hecho, no se persiguió ni la extrema calidad de los materiales ni la robustez estructural de las viviendas pues éstas nacían con naturaleza efímera. Tampoco la urbanización de las calles.

Sin embargo, dicha provisionalidad duró hasta trece años, tiempo en el que se sucedieron los planes de reubicación de los afectados, si bien llegaban otros, y el resto del Polígono de San Pablo iba pasando del plano a la realidad.

Vista aérea de las casitas bajas de San Pablo / «Nomenclatura...»

Vista aérea de las casitas bajas de San Pablo con el barrio A y B a la derecha/ «Nomenclatura de calles, plazas y zonas ajardinadas»

En 1965 se entregaron los pisos del Barrio A, dentro de esa nomenclatura alfabética que respondía precisamente al orden de construcción. Salvo por el Barrio C, el último en ejecutarse precisamente por la problemática de las Casitas bajas.

8.826 viviendas. Ese fue el total proyectado y desbloqueado en 1960 una vez que el Ayuntamiento recalifica el suelo como edificable con un claro objetivo: «solucionar la acuciante falta de viviendas sociales que trajo la expansión demográfica y la inmigración», según recoge el «Diccionario histórico de las calles de Sevilla».

El barrio de Laffitte / «Nomenclatura de calles, plazas y zonas ajardinadas»

El barrio de Laffitte / «Nomenclatura de calles…»

Las Casitas bajas cumplieron, de forma inesperada, con la función del nuevo barrio de Sevilla al acoger a personas provenientes de maltrechos corrales de vecinos o de las abundantes zonas suburbiales, como Laffitte, que perecieron en los cuatro millones de metros cúbicos de agua que «circularon» por Sevilla en noviembre de 1961.

De hecho, se contabilizó que 30.176 sevillanos se convirtieron, de la noche a la mañana, en personas sintecho, y que más de 29.000 viviendas quedaron inutilizadas.

La situación era tan delicada que, a comienzos de 1962 se creó la Secretaría de Viviendas y Refugios, con Gregorio Cabeza Rodríguez al frente, dos factores clave en el desarrollo de esta historia.

De milagro a espejismo

En las Casitas bajas hubo, lógicamente, ciertos servicios básicos como fueron un puesto de socorro o una escuela, e incluso una iglesia, que al igual que el resto de la «promoción» fueron perdiendo efectividad y comodidad conforme fueron pasando los años.

El autobús de Tussam, que llegó al Polígono en torno a 1970 no alcanzaba los barrios D y E precisamente por encontrarse en medio las viviendas provisionales, que no terminaban de desaparecer.

Los últimos tiempos de las Casitas Bajas perdieron ese viso de alegre sencillez y humildad y fueron poniendo de manifiesto problemas relacionados con la venta de drogas y la insalubridad de la zona, con determinados brotes de polio.

El terrizo de las calles se convertía en barrizal con cada lluvia, y hasta llegó a atascarse el sistema de abastecimiento de agua y saneamiento. A su alrededor, espigados bloques que superaban la decena de plantas subrayaban el contraste.

Muchos vecinos cambiaron de domicilio cuando fueron prosperando, pero un importante sector (100 familias) permaneció hasta el final, en diciembre de 1974, al no tener apenas recursos para subsistir.

Imagen de la escuela en las Casitas Bajas del Polígono de San Pablo, donde se aprecia el terrizo de la calle / www.poligonodesanpablo.es

Imagen de la escuela en las Casitas Bajas del Polígono de San Pablo, donde se aprecia el terrizo de la calle / www.poligonodesanpablo.es

Por ejemplo, en enero de 1972 se entregaron, de manera simbólica, dieciséis viviendas en el Polígono Sur a las dieciséis familias que llevaran más tiempo en las Casitas Bajas.

Y es que la flamante zona, con 1.500 pisos, sería una de las destinadas a albergar a los sevillanos procedentes de los distintos refugios de la ciudad, como el Pabellón de Brasil, los almacenes de la calle Oriente o el conjunto que nos ocupa. Los antiguos refugiados pasarían a ser propietarios por una cifra asumible.

Como por ejemplo del propio barrio C. Es curioso que las calles del espacio sobre el que una vez existieron las Casitas bajas lleven nombres de ciudades bíblicas, en un conjunto en el que priman los palos del flamenco, las obras de arte o los toreros.

¿Una manera de recordar el «milagro»? Posiblemente. Aunque para buen recuerdo el que guardan sus primeros moradores, aquellos que lograron mudarse antes del principio del fin. El resto pasó del milagro al espejismo.