España se prepara para vivir uno de sus días grandes. Mañana sábado se conmemora Santiago, patrón nacional y místico «amuleto» de guerra en el medievo, al que el ejército patrio atribuye no pocas victorias.

Galicia se halla de esta forma en su fiesta autonómica, al igual que numerosos puntos del país como Bilbao o Santa Cruz de Tenerife, que también lo tienen por patrón. Por no mencionar la larga lista latinoamericana.

Incluso se festeja en Sevilla. Y es que, bajo la popular denominación de la Velá de la Señá Santa Ana, o Velá de Triana, se esconden los honores a la piedra angular del santoral español.

De hecho, ese oculto lazo entre Norte y Sur no es el único que se estrecha entre Galicia y Sevilla, dos lugares que vienen experimentando un notable vínculo desde el siglo XVI.

La bonanza económica de la Puerta y Puerto de Indias era esperanzador reclamo para todo el país. Si a ello se le sumaba la elevada población gallega y su modo de vida agrícola, de supervivencia que no de beneficio, el resultado fue una potente inmigración a Sevilla sólo comparable a la producida en la misma centuria pero con destino Granada.

«Gallega en la ventana», de Murillo

«Gallega en la ventana», de Murillo

Tristemente, y según José Regueira, de Global Galicia, «el gallego desempeñó, por lo general, los trabajos más penosos» en esa tierra prometida. «Mozos de cordel, aguadores, cargadores del muelle… Esta imagen pobre e ignorante es la que los autores de la época transmitieron del gallego». Incluido «Demófilo» Machado.

No sólo llegaron hombres. Muestra de ello la da un cuadro del mejor Murillo, el pintor de la humildad y pobreza de la Sevilla del 1600.

Hablamos de «Gallega en la ventana», donde el artista plasma la coquetería de dos mujeres a las que se le presupone una vida alegre, con toda la paradoja del término, dada precisamente su actitud libre de asomarse al ventanal, mal visto entre las «señoritas de bien».

El Polígono de San Pablo recoge en su nomenclátor esta obra, que no por ello generaliza la ocupación de las féminas gallegas en la Sevilla antigua.

Cuando la preponderancia mercantil y portuaria hispalense cae, con el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz, el núcleo gallego también lo hace, mudándose precisamente a la capital gaditana, así como al Puerto de Santa María o a Chiclana, pero también a la Rioja. Y ya en el siglo XVIII, a Portugal.

Así lo apunta Domingo L. González Lopo, de la Universidad de Santiago de Compostela, que recuerda que «la ausencia del hogar de uno o varios de sus miembros, aumentaba las posibilidades de supervivencia del resto de la familia, que veían mejorada cuantitativamente su dieta alimenticia, lo cual explica también la temprana edad con que algunos individuos se incorporaban a los desplazamientos».

Nuevos emplazamientos

Aunque su presencia se redujo, los gallegos siguieron trabajando en torno al puerto de Sevilla allá por el primer siglo XIX, conformando un censo considerable junto con asturianos y segovianos.

Con la llegada del siglo XX cambiaron los lugares. La Plaza del Pan y sus pequeños bares dieron constante trabajo a los gallegos, así como cobijo tras la jornada laboralLas tabernillas de la plaza del Pan daban trabajo y aloj Jesús de la Pasión, antigua «del Pan», con los nuevos bancos / Millán Herce

Las antiguas tabernillas de la plaza del Pan daban trabajo y «alojamiento» a los gallegos del siglo XIX / Fran Piñero

Las antiguas tabernillas de la plaza del Pan daban trabajo y «alojamiento» a los gallegos del siglo XIX / Fran Piñero

Pero no sólo se dedicaron a la hostelería. Rafael Laffón lo recoge en su «Sevilla del buen recuerdo», donde explica que «algunos entraban en la ciudad con las botas al hombro para que no se gastaran, tal cual empujando el pintoresco carrito del amolador», para afilar y pulir metales o cortar cerámica.

El escritor también recuerda la broma pesada que se le gastaba a los inocentes inmigrantes, haciéndoles creer que los Tres Reyes Magos desfilarían por Sevilla en carne y hueso, y que debían ser ellos quien los recibieran, sobre los Caños de Carmona, tocando gaitas.

Una vez subidas las escaleras portátiles, los jóvenes gamberros las retiraban dejándolos presa del susto y presos de las alturas (superiores a la del tramo que hoy se conserva en Luis Montoto).

No todo fue burla, también hubo homenaje. Actualmente, el callejero sevillano cita al pueblo norteño con cuatro enclaves, la plaza de Compostela y la calle Coruña, en Triana, la calle Vigo, en Bellavista, y la calle Galicia, en el Cerro del Águila.

Hace unos siglos había otra calle dedicada a los Gallegos. En 1384, si no antes, lo que demuestra que la inmigración de este grupo social en Sevilla era previa a la época de Indias, si bien en menor medida. La tradición cuenta que fueron numerosos los gallegos que ayudaron al rey Fernando III a reconquistar la ciudad.

La calle es la que desde 1903 se conoce como Sagasta. En el «Diccionario histórico de calles de Sevilla» se alude, además, a la existencia en dicha vía del palacio de Martín Meléndez, iniciador del linaje de los Gallegos, y a la venta, en un extinto establecimiento, de pescado «çecial» de las rías y las costas de Finisterre.

Este era el aspecto de los Caños de Carmona a comienzos del siglo XX, cuando ocurrían las pesadas bromas de los Reyes Magos

Este era el aspecto de los Caños de Carmona a comienzos del siglo XX, cuando ocurrían las pesadas bromas

Por haber, había hasta un barrio de La Gallega o Los Gallegos, que correspondería al tramo más cercano a San Laureano de la presente Marqués de Paradas.

No por ello implica que todos habitasen la zona, pues queda constancia de un desaparecido corralón con acceso por el callejón de Oropesa y la calle Sierpes, donde dormían los trabajadores con condiciones de casi nula comodidad.

La herencia reciente

Al igual que el resto de comunidades autónomas, Galicia estuvo presente en la Exposición Universal de 1992. De esta participación derivó un emblema típicamente gallego, un cruceiro para la intersección de José Laguillo con la avenida de María Auxiliadora (en la imagen que abre este reportaje).

La obra, del escultor Guillermo Feal, se entregó precisamente el día de Santiago de aquel verano, y aunque parezca un sencillo ornamento implica una tonelada y 900 kilos de piedra de origen lucense.

Sin embargo, la Exposición Iberoamericana de 1929 no contó con todas las regiones de España, pero sí con la de Galicia.

Su pabellón, barroco y de clara inspiración localista (Casa del Cabildo y del Deán, de Santiago, y los típicos pazos gallegos), se situó en la llamada Plaza de Los Conquistadores, ocupando parte de lo que hoy es la Facultad de Farmacia.

En él había espacios diferenciados para las cuatro provincias, y contenidos culturales y artísticos de gran valor, como columnas de la antigua Catedral de Santiago o una efigie dorada del apóstol.

Los dos pabellones desaparecieron, aunque el del 92 sólo lo hizo de Sevilla. Los nostálgicos aún pueden contemplarlo a las afueras de Santiago de Compostela, en el Monte Do Gozo, donde fue trasladado pieza a pieza para convertirse en un museo (centro de interpretación) del peregrino.

El Pabellón de Galicia para la Expo 92, en su emplazamiento actual cerca del Monte Do Gozo / www.turgalicia.es

El Pabellón de Galicia para la Expo 92, en su emplazamiento actual cerca del Monte Do Gozo / www.turgalicia.es

Todas estas cuestiones y otras historias de nostalgia y pasado común se comparten a diario en el Lar Gallego, institución fundada en 1956 por los residentes en la ciudad.

Tras una primera etapa en la calle Itálica, hasta 1997, y otro tramo más breve en Amador de Los Ríos, la Casa de Galicia tiene su sede en la calle Gonzalo Bilbao, donde celebra cada año el día de las Letras gallegas con un emotivo concurso de relatos cortos.