Pasteur, Berzelius, Koch, Ferrán, Jenner… Si usted recorre a menudo la calle de María Auxiliadora seguro que estos nombres le resultan familiares. Son historia de la ciencia, tanto como la fachada de color amarillo albero que los enmarca y que corresponde a una institución tan desconocida como importante en la sanidad sevillana: El Laboratorio Municipal.

Con más de un siglo de vida a sus espaldas, el histórico edificio aún conserva salas y maquinaria original de los comienzos del siglo XX, testimonio de unos métodos y problemáticas de salubridad que hoy se antojan de lo más curioso, pero que son germen de los avanzados sistemas en la actualidad.

Alzado de 1951, donde se ven remates hoy ausentes

Alzado de 1951, donde se ven remates hoy ausentes

El Laboratorio que conocemos se levantó en 1912. El arquitecto regionalista Antonio Arévalo Martínez, que en Sevilla dejó obras como el bloque «curvo» que separa Arfe de Castelar, o la casa de Manuel Borrego en la calle Águilas, se encargó de diseñar y construir la sede de un servicio que ya se venía prestando desde 1883.

Entonces recibía el nombre de «Gabinete Histoquímico» y se encontraba en la antigua alhóndiga, punto de la calle Almirante Apodaca que hoy corresponde al Archivo Histórico Provincial. Los antiguos juzgados.

Comenzaba la sensibilización europea sobre el asunto de la salubridad, que se traducía en análisis alimentarios para detectar adulteraciones en los productos de mayor tirón, y en desinfección de enseres, prendas de vestir, inmuebles o vehículos de personas que hubieran fallecido por enfermedades contagiosas.

Si se asoma a través de la regia cancela que delimita el recinto, con detalles como el símbolo de Sevilla, podrá ver como tras del edificio existen unos cubículos cerrados con unas imponentes puertas de hierro forjado. Allí se introducían los coches, incluso furgones, para su purga.

Máquinas de autoclave que aún se conservan en salas del Laboratorio

Máquinas de autoclave que aún se conservan

Aunque están intactas, hoy actúan de almacén de equipamiento original, como estufas para cultivo bacteriológico que funcionaban a gas o agua. Reliquias que bien podrían formar parte de un interesante museo.

Es ese el anhelo de Narciso Cordero, director del Laboratorio Municipal, que confía en las potencialidades de un edificio «antiguo, pero no viejo».

Una de las actuaciones tendría lugar en el actual aula, otrora sala de autoclavado. En ella se pueden observar calderas y maquinaria primitiva que desinfectaba el uniforme de los trabajadores a través del vapor de agua a temperaturas superiores a los 120 grados o a través de productos químicos.

Nos referimos a los años 20-30, una época en la que «era sencillo morir por infecciones, como por ejemplo, la rabia, presente en Sevilla hasta los años 70», comenta Cordero. Una vez «procesadas», las prendas salían a una sala contigua, donde se planchaba y devolvía al operario. En la actualidad es terreno perteneciente a la Unidad de Promoción de la Salud del Distrito San Pablo-Santa Justa. De hecho, el recinto se extendía unos 30-40 metros más, alcanzando casi la calle Arroyo.

Tras una etapa previa en la Alameda de Hércules, ya como Laboratorio Municipal de Higiene, el centro se dedicaba también a la vacunación y al control de animales peligrosos. De hecho, una vez se crea el edificio actual, en la zona del antiguo matadero del Perneo, más que como laboratorio se le conocía como «perreras».

Los animales se alojaban en la parte trasera del edificio. Incluso había caballos, a los que se les «extraía suero por sus propiedades curativas contra enfermedades como la difteria. Eran antígenos naturales», recuerda el director.

Científicos extrayendo suero de caballo en la trasera del recinto

Científicos extrayendo suero de caballo, efectivo contra la difteria, en la parte trasera del recinto

Dichas prestaciones eran posible porque la zona era puro extrarradio. Sin embargo, el paulatino crecimiento de la ciudad fue imposibilitándolas, y obligó a retirar este servicio de una zona cada vez más residencial. Así lo rememora Pedro Fernández, Jefe de Calidad. «Ya no era posible cobijar a 50 perros ladrando sin parar todas las noches», explica.

En 1987 llegaría a la carretera de Málaga, a la altura del barrio de Torreblanca, donde hoy se le conoce como Zoosanitario Ignacio Vázquez, unas instalaciones más idóneas que las de María Auxiliadora.

Puesta en valor

Aunque actualmente el edificio recibe visitas concertadas de grupos escolares, la intención última seria abrirlo al público, lógicamente de manera controlada, pues más allá del valor histórico del inmueble, sigue siendo sede activa del laboratorio, con una plantilla regular de una veintena de personas.

Operarias encargadas de la vacunación

Operarias encargadas de la vacunación

Para ello habría que establecer un profundo trabajo de catalogación. No sólo del aparataje sino también de los profusos fondos documentales de que disponen, algunos de ellos referentes a su etapa como fabricantes de vacunas.

A diferencia de como se elaboran hoy, entonces se «cultivaban los virus, atenuándolos o matándolos, y después se realizaba un preparado que inyectaban al animal», aclara Cordero.

También poseen impactantes imágenes sobre campañas de desratización, que deben seguir realizándose anualmente porque, en palabras de Pedro Fernández, «Sevilla, como la ciudad llana y ribereña que es, tiene una población de ratas tremenda, casi a rata por habitante».

La biblioteca se encuentra en salas aledañas al Departamento de calidad, ya en la planta alta, donde además se mantiene el mobiliario de las reuniones de la época. Y de la actualidad, pues se continúa la tradición en sesiones que se celebran bajo la atenta mirada de los diversos directores que ha tenido el centro, que lucen en fotografías en la pared.

Curiosamente, han alternado profesiones, aunque siempre relacionadas con la salud. Algunos han sido farmacéuticos, otros veterinarios, otros biólogos, como Narciso Cordero. Entre ellos, el Doctor Relimpio, catedrático de Medicina al que el Consistorio le rotuló una calle, precisamente aledaña al edificio.

Por supuesto, en el proyecto de Cordero se busca mantener el pasado, asegurando la funcionalidad que requieren los tiempos. El pasado año culminaron unos trabajos de restauración y limpieza a cargo del Ayuntamiento. En los años 70 también se procedió a adecentar la construcción, pero siempre con esa máxima de no perder la esencia.

La antigua sala de microbiología, hoy renovada en cuanto a instrumental y aparatos

La antigua sala de microbiología, hoy renovada en cuanto a instrumental y aparataje

Por el camino se han quedado ventanas de herraje, sustituidas por otras de mayor aislamiento, pero también se han eliminado los antiestéticos aparatos de refrigeración que habitualmente situaban los motores en las fachadas.

Por supuesto, se ha asegurado tecnología puntera y actualizada, con exhaustivo control de la temperatura interior del inmueble, ultracongeladores para las muestras, hornos de mufla para incinerar los desechos, analizadores de mercurio por fluorescencia, espectómetros de absorción atómica

Y es que, además de la cuestión administrativa, el Laboratorio de María Auxiliadora se dedica al análisis cromatográfico y microbiológico de aguas y productos alimenticios, al análisis de epidemiología y al de manipulación de alimentos. Además de otras funciones que corren a cargo del Zoosanitario.

En resumen, una institución que, más de un siglo después, sigue velando por la salubridad de Sevilla dentro de una construcción modernista y ecléctica. Es curioso, pues este último estilo arquitectónico se define por recoger lo más interesante de cada época. Algo así sucede con este edificio «antiguo, pero no viejo».