Desde la calle Chicuelo se oía el festivo repiqueteo. En el interior de una caseta de Feria más de cuarenta personas se afanaban por echar un buen rato y poner en práctica lo aprendido, aunque en su caso hay poca frontera entre una cosa y la otra. Hablamos de los alumnos del taller avanzado de Castañuelas del distrito San Pablo-Santa Justa que ayer, jueves de Feria, decidieron realizar una convivencia en el Real.

El alma del taller es Pastora Varilla, su monitora, que para los menesteres artísticos se presenta como Pastora del Rocío. Todos los alumnos coinciden en que «no hay monitora mejor, por su paciencia, su constancia y porque nos ha unido como grupo», como la define Inmaculada, que lleva varios años en los talleres pero el primero con la profesora.

No sólo por dedicación y capacidad de enseñanza, sino porque sus manos, esas que hacen sonar briosas las castañuelas, cuentan con una importante trayectoria. Estudió Danza Española en la Escuela de Matilde Coral, ha bailado en la Maestranza y ha acompañado a grupos como Requiebros y Cantores de Híspalis.

La monitora, Pastora del Rocío, en flamenca pose

La monitora, Pastora del Rocío

De hecho, el pasado lunes, ella y algunos de sus alumnos tocaron las castañuelas, y bailaron como es precepto, las sevillanas inaugurales que, tras el «Alumbrao», interpretó el grupo sevillano bajo la portada. Algo que para sus pupilos «fue un gran orgullo. Lo disfrutaron mucho, sobre todo uno de ellos que es holandés, pues aunque vive en Sevilla desde hace bastante tiempo nunca se esperaba poder bailar en esas circunstancias», en palabras de Pastora.

En la reunión feriante concidieron miembros de varios talleres. Tantos como ella imparte. De Castañuelas y de Sevillanas. De Bellavista-La Palmera y de San Pablo-Santa Justa, aunque sólo en este distrito tiene casi una cincuentena de alumnos y de nivel variado.

Pese a que el taller va orientado a quienes ya tienen bastantes nociones también hay algunos, como Amalia, que entraron desde cero. «Sentía curiosidad pero nunca había tocado unas castañuelas. Gracias a los ejercicios y a la práctica ahora ya lo hago con buen ritmo», explica orgullosa.

Ejercicios que parten de «numerar los dedos y hacerlos sonar hasta que cogen su Riá Riapitá», aclara la monitora, que con el término técnico se refiere al movimiento rítmico y alternado que sigue la mano y que, repetido una y otra vez, termina generando el característico sonido de este instrumento. Mientras, los que ya llevan ventaja por ser veteranos, continúan practicando las múltiples posibilidades que los palillos ofrecen.

Coreografías y alternancias

Cada maestro imprime su sello en esto de las castañuelas. El de Pastora es el de introducir variaciones, coreografías que hacen que cada sevillana suene diferente. La manera básica es la del «Posticeo y acompañamiento», en el que tras llevar la mano derecha a la izquierda y hacer chocar ambas castañuelas, se suceden 32 Riapitás. Pero también puede haber ocho, diez y diez, con posticeos que marcan el ritmo y cambian el bloque.

Miembros del taller de Castañuelas del distrito San Pablo-Santa Justa

Miembros del taller de Castañuelas del distrito San Pablo-Santa Justa

A cada una de las cuatro sevillanas se les puede asociar una forma diferente de tocar. Las posibilidades son amplias, y más si abrimos el campo al del Pasodoble, al del Fandango o al de todo aquel palo que admita un acompañamiento de estas características.

Tanto abanico no abruma. Todo lo contrario. Así lo demuestra la masiva presencia de los alumnos en la próxima exhibición de los talleres.

En el evento no dejarán de participar las pizpiretas y veteranas Hermanas Falcón. Ni Amparo, que se estrena. Ni Mª del Carmen, que no está pasando por su mejor momento de salud. Ni María José, una chica invidente y con muchas ganas de aprender. Ni los hombres, que también disfrutan del taller, como ocurre con Humberto. O con Manolo, que lleva ya tres años perfeccionando -sus sevillanas en el distrito Bellavista-La Palmera.

Será el broche a un intenso año de aprendizaje y de vínculos que se estrechan a niveles casi familiares. La alegría, por tanto, no sólo está en las castañuelas, sino en las manos de todos esos alumnos que las portan.