«Me ha tocado la lotería». Esa es la expresión que, desde abril, va de rellano en rellano del número siete de la plaza Cristo y Alma, en el Polígono de San Pablo.

La razón poco tiene que ver con grandes sumas de dinero. O con viajes o grandes premios. Sino con un servicio que para la mayoría de los sevillanos es una «invisible» comodidad, mientras que para otros marca la diferencia entre poder salir a la calle o quedarse «presa» en casa: un ascensor.

El pasado día 24 se hizo pública la adjudicación de subvenciones del Ayuntamiento de Sevilla para instalar elevadores en determinados edificios de la ciudad, entre los cuales, figura el citado bloque así como otra casa de la calle Soledad Miranda, también en San Pablo, en la calle Mateos Gago y en Bami, por citar algunas.

Los cinco pisos de Cristo y Alma, 7, se hacen eternos para sus vecinos sin ascensor / F.P.

Los cinco pisos de Cristo y Alma, 7, se hacen eternos para sus vecinos sin ascensor / F.P.

De esta forma, éstos serán los primeros ascensores que se instalen en el sevillano barrio desde sus comienzos (a excepción de las torretas), a mediados de los años 60, cuando la ley eximía de incluir un elevador en aquellos bloques que no superaran las cinco plantas. Un caso que se da en unas 600 construcciones del Polígono.

La expectación, por tanto está servida. «El otro día vi un martillo en la puerta de entrada y ya pensaba que iban a empezar las obras. Al final resultó ser el arreglo del cuarto de baño de un vecino», explica impaciente Esperanza (en la imagen que abre este reportaje), presidenta de la comunidad y vecina del primer piso. Del que no sale desde hace 10 años.

21 escalones la separan de la calle. Un trecho de segundos para una persona sin limitaciones. Tres tramos inasumibles para alguien que padece obesidad mórbida.

«Dejé de salir el día que murió mi padre. Fue pasando el tiempo y cada vez me ha ido dando más miedo, sobre todo por perder el control y caerme», comenta Esperanza, que recuerda que era ella quien cuidaba de sus padres, y como poco a poco fue ganando kilos y perdiendo la confianza.

Ahora es su hermana, Paqui, quien se encarga de ella, al menos en lo que requiere hacer la compra y ayudarla en las tareas domésticas de mayor esfuerzo. «Yo guiso, y limpio, pero cuando llevo un rato de pie me empiezo a asfixiar», recalca Esperanza.

Sin embargo, esto «sólo» sucede por las mañanas, pues Paqui «tiene una casa que atender», además de haber sufrido la intervención de un tumor cerebral. Al igual que el hermano de ambas.

Los otros vecinos

Hasta hace un año era la vecina del segundo, Paca, la que hacía compañía a Esperanza. Pero sus 78 años no perdonan, y ciertos problemas en la cadera han provocado que la señora tampoco pueda salir de su casa.

«Hace poco fui a un bautizo y me costó la misma vida bajar y subir las escaleras», comenta Paca, que depende de un andador para desplazarse por su vivienda. «Con el ascensor bajaría a la plaza y podría moverme algo. Por lo menos me daría el aire», añade.

«Para los dos días que me quede vivir, que por lo menos viva bien», explica tajante en el recibidor de su casa, lleno de portarretratos con imágenes de la Virgen de Guadalupe, de uno de sus ocho nietos, que durante años ha vivido con ella hasta que se mudó con su pareja, y de otros familiares. Recuerdos de toda una vida. Primero en Torreblanca y después en San Pablo, desde las Casitas Bajas a la Plaza Cristo y Alma.

A sus 78 años, Paca necesita de un andador para moverse por su vivienda, y de un ascensor para salir a la calle / F. Piñero

A sus 78 años, Paca necesita de un andador para moverse por su vivienda, y de un ascensor para salir a la calle / F. Piñero

Las dos amigas, separadas tan sólo por un piso, se comunican paradójicamente por teléfono. O usan «una cuerda con una bolsita para mandar cosas por el balcón», explican entre risas, con el optimismo que supone la llegada del ascensor, unos trabajos que arrancarán en junio, tan pronto Urbanismo expida la licencia..

El bloque, con diez vecinos, aglutina más historias que hacen imprescindible la presencia del elevador. Como la de Jesús, que suele realizar toda la burocracia del bloque, y que cuenta con cierta discapacidad. Como otra vecina, joven, operada de la cadera.

O la de Rafael, que vive en el cuarto piso y nota como, a sus 50 años, y un estado físico estable «cada vez cuesta más subir cargado». «Mis padres son mayores y no vienen nunca a mi casa. No es que no quieran. No pueden».

Todo eso cambiará a finales de verano. Fecha en la que Praysa, la empresa encargada de la tramitación, construcción y gestión del elevador, valora pueden estar concluidos los trabajos y el ascensor en funcionamiento.

La subvención

Los elevadores que se construirán en San Pablo llegan de la mano de unas subvenciones municipales, «las primeras de España», con un tope por bloque «de 40.000 euros o de un 40% sobre la actuación», explica Francisco Vázquez, director gerente de Praysa.

Para conseguirla, el número siete de Cristo y Alma ha cumplido varios requisitos: la mayoría simple de sus Unidades familiares no superan 2,5 veces el IPREM; las personas que viven en él están debidamente empadronadas; el edificio tiene más de 30 años y se garantiza la seguridad estructural del mismo.

Y, quizás lo fundamental, un acuerdo entre propietarios, del que también se exige una mayoría simple. Aunque, tras los últimos cambios en la legislación, «cualquier vecino minusválido de más de 65 años que lo necesite puede obligar al resto de la comunidad a poner el ascensor, siempre que la cuota no se duplique», aclara Vázquez.

Francisco Vázquez, de Praysa, casi en el punto exacto donde emergerá la «columna» del ascensor / F. Piñero

Francisco Vázquez, de Praysa, casi en el punto exacto donde emergerá la «columna» del ascensor / F. Piñero

Hace unos años, La Empresa Pública de Suelo de Andalucía (Epsa) convocó unas subvenciones de hasta el 95%. Sin embargo, ninguna fue solicitada por el Polígono de San Pablo, pues el total, y por tanto, la cantidad a asumir por los vecinos, era demasiado elevada.

La propuesta patentada por Praysa, que ha abaratado el montante hasta «unos 70.000 euros, siempre en función del caso», contempla el ascensor desde fuera del edificio, con un sistema modular y unas pasarelas que conectan con «cada balcón». Cada acceso, lógicamente, contaría con una llave exclusiva para cada vecino, «por seguridad».

El pasado 30 de abril, la Junta abrió el plazo a nuevas subvenciones en materia de accesibilidad, como son los ascensores, dentro de un programa de rehabilitación urbana y que culmina el próximo 15 de junio. En este caso, se otorga el 50% de la actuación o 4.000 euros por vecino, lo que se alcance primero.

Todo indica que las ayudas del Ayuntamiento tienen vocación de continuidad, al conocerse que «109.000 vecinos de Sevilla viven en edificios sin ascensor». En ese caso, y teniendo en cuenta de que no son excluyentes, supondrían un porcentaje del 90% en caso de lograr las dos. Y de que ambas se convocaran simultáneamente, claro.