En el seno del Polígono de San Pablo se esconde una historia familiar de las que merecen ser contadas. Hablamos de un relato de superación y de entrega. De solidaridad. Se trata de la familia Hinojosa Ferrer, o lo que es lo mismo, la vida de Dolores y Antonio y de sus hijos. Nueve para ser exactos. En los que el ejemplo de darse a los demás caló tan hondo como para que tres de las hermanas decidieran ordenarse religiosas. Y de la misma orden.

Los tiempos han cambiado. La familia numerosa ha ido dejando paso a núcleos que tienen, de media, un hijo. El trabajo, la sociedad, la crisis económica… hacen impensable cifras que superen «la parejita». Imagínese en los años 60, con un salario y patrimonio de clase media y un conjunto familiar que va creciendo y en el que, durante dos décadas, siempre hay unos cinco hijos, en sus distintas necesidades y edades, que precisan su atención. El primogénito fue Juan Antonio, que hoy tiene 53 años, frente a los 30 del benjamín, Roberto.

La juventud y la necesidad, desde luego, activan el ingenio. «A veces, yo me ataba una sábana a la espalda y me colocaba ahí a uno de mis niños y con el pie mecía el carro en el que dormía otro, todo eso para tener las dos manos libres y poder avanzar en las faenas del hogar», comenta Dolores, en referencia a un tiempo en el que la ayuda de su madre y su hermana era más que necesaria y valorada. Así como la de las vecinas de un barrio «humilde y lleno de buena gente» como es San Pablo, al que llegaron hace ahora 44 años y en el que han terminado por residir dos de sus vástagos.

Por supuesto, la colaboración y aportación de los mismos hijos era un factor clave, pues conforme iban creciendo echaban una mano con los más pequeños y asumían los gastos de la propia emancipación. Hablando de gastos, Dolores rememora, en tono jocoso, como «las pesetas daban más de sí que los euros. Poca magia se puede hacer ahora con el dinero», resume modesta.

Ayudando a los demás

Por si fuera poca la tarea del día a día, Dolores colaboraba puntualmente con las Hermanitas de los Pobres, que pedían a menudo limosna en la fábrica de Cruzcampo, donde Antonio trabajaba como administrativo.

Así es como surge una relación que llevó a que los hijos de la familia pasaran gran parte de su infancia entre los muros de la Casa de las Hermanitas en Luis Montoto, o lo que es lo mismo, que conocieran de primera mano la necesidad de ser solidarios y hacer la vida más sencilla a los demás, sobre todo a los ancianos.

Sor Rocío, Sor Mª Dolores y Sor Mª del Mar

Sor Rocío, Sor Mª Dolores y Sor Mª del Mar

En medio de este contexto, Mª Dolores, la cuarta hija, y Mª Del Mar, la quinta, deciden consagrarse religiosas, ambas a los 19 años y en la misma orden, la citada de Santa Juana Jugan. Esta clara intención de servicio al prójimo es algo que Dolores califica casi de inevitable: «mi madre quiso ser profesa de joven, pero por circunstancias no pudo desarrollar su vocación. Es como si Dios hubiese querido que fueran tres de mis hijas las que llevaran a cabo el deseo de su abuela».

Aunque les costó despegarse de ellas a una edad tan temprana, no les resultó del todo extraño por actitudes presentes en las jóvenes desde su infancia. «Les aconsejamos que pensaran muy bien el paso que iban a dar, pues la entrega al enfermo debía ser total. La verdad es que nos sentimos muy orgullosos de que tengan unos corazones tan grandes», comenta el matrimonio.

En 1995 lo decidió Rocío, la penúltima, que además de por el referente de sus propias hermanas mayores, se embarcó en seguir a Dios tras varios años de voluntaria en Luis Montoto, donde empezó a sentir la Llamada. «Yo veía que las hermanitas daban todo lo que tenían pero recibían mucho más. Las veía felices, porque hacían felices a los demás en las cosas pequeñas: lavar a los enfermos, cambiar un pañal, llevarlos al baño, darles de comer, hacerles sonreir…», explica Sor Rocío.

Parte de la familia Hinojosa Ferrer, donde las tres religiosas son un gran orgullo

Parte de la familia Hinojosa Ferrer.

Tal fue su convicción que se ordenó religiosa a los 17. «A esa edad se tiene mucha valentía. Con los años cuesta más dar el paso, sobre todo por dejar a la familia, a los amigos… Pero como lo haces por algo mucho más grande, te sientes realizada y bendecida», añade.

Ahora, desde Barcelona, recuerda su infancia en el barrio no sin cierta melancolía. «el olor de los pucheros a través de las ventanas, el revoloteo de las palomas, el trato cariñoso del panadero, que te ha visto crecer…», dibujan una sonrisa en su rostro, que a diario encara la difícil realidad de personas enfermas que apenas tienen medios económicos.

Las Hermanitas de los Pobres, una de las congregaciones más austeras, actúa con el 85% de las pequeñas pensiones de las personas acogidas, pues no pueden aceptar subvenciones estatales. La caridad del pueblo es clave, y «hemos perdido muchos bienhechores por la crisis, aunque, paradójicamente, los momentos de dificultad también hacen que la gente sea más solidaria, quizás porque viven de cerca la necesidad y la pobreza», concluye.

Curiosamente el menor de los hijos, Roberto, también se dedica a la atención y cuidado de los enfermos, crónicos y terminales, aunque en su caso como profesional sanitario.

Antonio Hinojosa y Dolores Ferrer, padres de nueve hijos.

Antonio y Dolores durante sus bodas de oro

Este contacto con la miseria, y desde la lejanía de los seres queridos, hace que los pequeños detalles tengan un valor incalculable, como el hecho de reunirse con el resto de la familia, tarea por otra parte casi imposible. Sor Mª Dolores reside en Lisboa, Sor Mª del Mar y Sor Rocío en Barcelona y Jesús, el sexto hermano, trabaja en Almería.

«Los reencuentros familiares siempre han estado cargados de emoción, sobre todo al principio, cuando ellas sólo podían venir a casa cada cinco años y tan sólo durante quince días. Ahora vienen una vez al año», explica Dolores.

La última vez que coincidieron todos los hijos, contando además los ocho nietos, fue en 2010, con motivo de sus bodas de oro. «El año que viene se cumplen 25 desde que mi hermana Mª del Mar se consagrase. Seguramente los Hinojosa Ferrer se reúnan de nuevo al completo», comenta Roberto con orgullo, el de pertenecer a una familia donde compartir y sacrificarse por los demás es filosofía de vida.