Pocos barrios de Sevilla pueden presumir de haber sido testigos del nacimiento de un producto local que ha atravesado fronteras nacionales e internacionales, convirtiéndose en un símbolo irrefutable de la capital hispalense: la cerveza Cruzcampo. Pero este icono no fue siempre representado por un primitivo rey belga, Gambrinus, ni siempre ha ocupado un lugar privilegiado en la ciudad. Y para todo eso, qué mejor que informarse y hacer una ruta por la ya antigua fábrica y sus circunstancias.

Fundada en 1904 por los hermanos Roberto y Tomás Osborne Güezala, la cerveza sevillana que apuntaba maneras hacia un prometedor futuro, tomaría el nombre de La Cruz del Campo en referencia al Templete, siendo esta la imagen de la marca hasta que 22 años después se uniese  la figura del Gambrinus, rey mítico de los primitivos belgas al que se atribuye el invento de la cerveza. A partir de ese momento «gordito pelirrojo» comenzaría a marcar tendencia no solo entre los amantes de la cerveza, su sede fue punto de crecimiento en la ciudad.

Mientras se formaban los barrios de San Pablo y Nervión a su alrededor y la avenida de Andalucía dejaba de ser una simple conexión con Málaga y Granada, para ser una avenida repleta de edificios, comercios y naves industriales, la Cruzcampo iba comiendo terreno en el mundo cervecero. Después de haber comprado cervezas como Henninger o La Alhambra, se crearía el Grupo Cruzcampo una gran fusión a la que le echaría el ojo la holandesa Heineken, para acabar, en 1999, creando su sede española con Cruzcampo como buque insignia.

A Gambrinus lo pondrían a dieta, la fábrica cambiaría de aspecto y lo que era una perfecta ubicación aislada del núcleo urbano, quedaría rodeada de edificios familiares. Algunos se acuerdan de este gran cambio, tampoco hace tanto tiempo, otros descubren la fisonomía de esta zona de la ciudad, pero lo cierto es que Cruzcampo ha unido Nervión y San Pablo, siendo fundamental para el crecimiento de ambos Distritos aunque, por qué no, más para los de San Pablo-Santa Justa que ellos sí pueden presumir de haber visto crecer en su territorio al rey belga más conocido por los sevillanos.

Ahora sede de la Fundación, pero para muchos aun es la fábrica que dio vida a la zona «oriente de la ciudad», lo que sí es una opinión unánime es que lo que en esa fábrica se «cocía» ha revitalizado la economía de la ciudad, a cuyos bares siempre les acompaña el consagrado Gambrinus, que más que un producto es un amuleto, «sevillanía» en estado puro.