El 25 de noviembre de 1961, el arroyo Tamarguillo se desbordó. Llevaba lloviendo varios días hasta que la tarde de ese sábado, el agua abrió una brecha de cincuenta metros en el muro que contenía el cauce. Fue en una curva del arroyo, a medio camino ente lo que hoy son el pabellón de deportes de San Pablo y Los Arcos. Barrios inundados, familias sin casa y multitud de pérdidas materiales. Cuatro millones de metros cúbicos de agua que provocaron uno de los mayores desastres naturales de la historia de Sevilla.

En concreto, las aguas inundaron 4.172 viviendas, destruyeron 1.603 chabolas, dañaron gravemente 1.228 edificios y dejaron sin hogar a 30.176 personas, de las que 11.744 fueron evacuadas a los primeros refugios de urgencia. Uno de cada cuatro sevillanos, en una ciudad que tenía 450.000 habitantes en ese momento, se vio afectado por la riada.

Hasta el mismo centro

La catástrofe comenzó en las humildes viviendas de la barriada La Corza, que se vieron completamente arrasadas por el agua. También Los Carteros, Amate, Pino Montano… La tromba de agua no tenía límite, y prosiguió sin descanso hacia la zona baja de la ciudad, llegando a desembocar en la Macarena. Ya estaban inundados el Prado de San Sebastián, San Bernardo, la Calle Oriente, Santa Justa y la avenida de la Borbolla, entre otras muchas zonas.

El Guadalquivir, desbordado por los litros de agua que llegaban a su cauce, también anegó varios edificios de la Vega de Triana. Horas después, una ola suave inundaba el Centro de Sevilla: la Campana, el Duque y la Alameda alcanzaron el medio metro de agua.

Los días siguientes fueron un auténtico caos en la ciudad. Algunas familias pasaron horas en los techos de sus viviendas, esperando que alguien les rescatase. No había suministros de ningún tipo, y tampoco autobuses, taxis o tranvía. El único medio de transporte eran las barcas, con las que los sevillanos se desplazaban tras la tragedia.

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La calle Luis Montoto

Seis metros de máxima

El martes 28, el día en el que los sevillanos comenzaron, poco a poco, a volver a la normalidad, ABC de Sevilla publicó una extensa crónica titulada «Las aguas del Tamarguillo llegaron hasta el corazón de Sevilla». En ella, valoraba la magnitud de la catástrofe: «Menos mal que la inundación acaeció un sábado por la tarde, cuando ya la mayoría de esos sevillanos había cobrado y también había hecho sus compras para cuarenta y ocho horas. De haber acontecido en otra cualquiera jornada de la semana, no hubieran tenido nada que llevarse a la boca, porque la gente vive al día y más que al día».

Además, el periódico recogía un primer recuento de medias de las máximas alcanzadas por el agua. La relación es la siguiente: La Corza, 3 metros; Campo de los Mártires, 6 metros; Santa Justa, 1,20 metros; Macarena-Miraflores, 1,50 metros; Alameda de Hércules; 1,80 metros; Puerta del Arenal, 0,50 metros; Puerta de Jerez, 0,60 metros; San Bernardo-Parque Porvenir, 3 metros, y Jesús, María y José, 1 metro.

Hubo cuatro ahogados, entre ellos dos niños, y los daños materiales fueron incalculables. Con el paso de los días, la situación en el centro de Sevilla se fue resolviendo, pero las zonas más cercanas a la rotura de la presa mantuvo a numerosos vecinos encerrados en sus casas hasta siete días. La falta de medios, el servicio telefónico se interrumpió y hubo cortes eléctricos, hizo muy difícil las operaciones de rescate.

La solidaridad de los ciudadanos

Muchos de los afectados por las inundaciones habían perdido todas sus pertenencias y requerían ayuda urgente. En aquellas jornadas tan difíciles, hay que destacar la solidaridad de los sevillanos. La Cruz Roja, la Sección Femenina, el Ejército, Cáritas Diocesana y todos los ciudadanos que estaban en posición de hacerlo, se volcaron para prestar auxilio a los que más lo necesitaban. De nuevo, en las páginas de ABC de Sevilla se recogían algunos casos dignos de admirar: jóvenes que entretenían con cuentos a los niños que iban siendo evacuados o el gremio de peluqueros ofreciendo sus servicios desinteresadamente.

Las miles de familias que habían perdido su vivienda fueron alojadas, más o menos provisionalmente, en varios refugios dispuestos para tal fin. Entre ellos, se encontraban el Hospital Militar de la Macarena, los pisos en construcción en Amate o en La Candelaria, naves del antiguo Monasterio de San Jerónimo, soportales de los Edifcios de Cooperativas Obreras de la avenida Ramón y Cajal y las naves de los antiguos talleres de ABC en la Enramadilla. De la necesidad de realojar a los perjudicados por la riada nacieron algunos núcleos de viviendas que se mantuvieron en el tiempo, como las «Casitas Bajas» del Polígono San Pablo. Por su parte, el arroyo se recondujo por un nuevo cauce que ha evitado que la catástrofe vuelva a repetirse.