Una gran biblioteca al aire libre. Esa es la mejor descripción posible para definir al Parque de María Luisa desde que, en la mañana de ayer, sus rincones más emblemáticos se convirtieran en puntos de lectura. En lugares donde toparse con un libro. Y disfrutarlo.

Muchas personas, visitantes y sevillanos, agradecieron la experiencia con la que el Distrito Sur busca fomentar los hábitos saludables de leer y compartir, pues la idea es que, tras haberse adentrado en el libro y llegar la hora de la marcha, el lector deje la publicación en los puntos designados para ello, de forma que se repita el ciclo indefinidamente.

«Al menos unas semanas», explican realistas desde la entidad, de cuyo fondo documental surgen los libros «liberados», en su mayoría recogidos en la colección de Alianza Cien, y con títulos de sobrado ritmo y calidad literaria como son «Rinconete y Cortadillo» o «Café de artistas».

A pesar de que el término más extendido para designar esta práctica sea el de Bookcrossing, con el que el estadounidense Rob Hornbaker planteó esa idea de «liberar los libros» para el disfrute de infinitos lectores, y que incluso recoge el Concise Oxford Dictionary, la práctica entronca con el pasado más vistoso de Sevilla.

Iberoamérica y la cultura

Concretamente con la Exposición Iberoamericana de 1929. O mejor dicho, con todo el previo en el que arquitectos como Aníbal González fueron enriqueciendo los jardines cedidos por la infanta, y ya transformados por Forestier, hasta convertirlos en el Parque de María Luisa que hoy reconocemos.

Cuando González toma las riendas del cambio, establece un claro leitmotiv, las Artes, y más concretamente, las Letras, un camino iniciado en 1911 con la glorieta de Bécquer «de» Talavera y Heredia.

En la propia Plaza de América rindió homenaje a Miguel de Cervantes y a Francisco Rodríguez Marín, dos glorietas de 1916, cuando se cumplía el tercer centenario de la muerte del autor de «El Quijote».

Anaqueles con libros en la glorieta de Cervantes, en la Plaza de América (1929) / Archivo Serrano

Anaqueles con libros en la glorieta de Cervantes, en la Plaza de América (1929) / Archivo Serrano

Once años más tarde se inauguraba la de los Álvarez Quintero, y hasta su destitución, el 31 de diciembre de 1926, creo sendos espacios para enaltecer la figura de los poetas José María Izquierdo y Benito Mas y Prat.

Salvo en la última glorieta, Aníbal González dispuso en todas anaqueles para libros. En palabras de Amparo Graciani y José Lucas Chaves, autores de la reciente exposición «Parque centenario», lo hizo «influenciado por la idea del Regeneracionismo de que la educación de los españoles resolvería importantes problemas nacionales».

Así, y siempre en conjunción con «bancos cerámicos para facilitar la lectura», durante años numerosos libros llenaron esos estantes, así como los que figuran en los «bancos de las provincias de la Plaza de España», para aprovechar el sosiego y la relajación de zonas verdes como la de María Luisa.

El cuidado de los ejemplares

La sombra del incivismo también se proyecta del pasado. Hasta el punto de que, en 1978, numerosos «escritores y entidades locales» firmaron un manifiesto sobre el parque.

Un niño disfruta de la lectura en 1929 / A. Serrano

Un niño disfruta de la lectura en 1929 / A. Serrano

Entre sus diversos puntos, se pedía la restitución de cerámica rota o desaparecida, pidiéndose la colaboración de alfareros y ceramistas de Sevilla.

Tampoco quedaban aquellos libros que durante años sirvieron de relajada lectura. Se habían extraviado tiempo atrás.

«O por desidia y descuido de la Delegación Municipal de Parques y Jardines o por el público», explicaba el diario ABC el 5 de diciembre de 1976.

«Lo triste es que el pueblo no sepa aún tratar los libros con delicadeza y respeto, que los ensucien, le rompan o doblen las hojas o se los lleven», se lamentaba el periódico.

Al menos en la actualidad las entidades se vuelcan en este tipo de iniciativas Bookcrossing, que ya se han celebrado previamente en el Parque de María Luisa.

Como la puesta en marcha, el pasado mes octubre, por el Instituto Kumon.

Un mes antes, medio centenar de «particulares» donaron libros, alentados por el similar gesto que tuvo la editorial Punto rojo tiempo atrás. En ambos casos desaparecieron tiempo después.

En enero de 2013, por ejemplo, el Distrito Sur «liberó» 5.000 libros entre el Parque de María Luisa y el de la Pirotecnia, y en mayo del mismo año, el Distrito Este-Alcosa-Torreblanca incluyó esta actividad dentro de su programa «El Parque, para disfrutarlo», con el que dotó de libros el Parque Infanta Elena. La «pelota» está, pues, «en el otro tejado».