Flanqueado por las dos grandes plazas de Aníbal González, y «habitado» por sus diversas glorietas, fuentes y estanques, parece imposible concebir de otro modo al Parque de María Luisa.

Cuando el pasado 2014 se cumplía el primer centenario de la renovación de los jardines cedidos por la Infanta de Borbón, se prodigaron distintos documentos que mostraban la metamorfosis del parque, desde sus orígenes como mero espacio de recreo y especialmente en el tramo previo a la Exposición Iberoamericana.

Años de decisiones que definieron la actual configuración, pero que también dejaron fuera otras vistosas posibilidades. Y es que Sevilla pudo tener un triunfal monumento de los de esbelta columna rematada en una figura alada y alegorías en su base.

Ese fue el proyecto que presentó el escultor Antonio Susillo para la obra con la que el Ayuntamiento quiso agradecer, en vida, el altruista regalo de la Infanta a la ciudad, personalidad que irremediablemente debía aparecer en el conjunto.

El escultor Antonio Susillo

El escultor Antonio Susillo

Aquí lo hacía entronizada, ataviada con un largo vestido cuya parte inferior descansaba formando pliegues sobre una pequeña escalinata.

Le acompañaba otra mujer, que más que humana era la simbólica representación de la ciudad de Sevilla, vistiendo traje al gusto de la época, y produciéndose entre ambas la entrega de un documento, el pliego de cesión de los jardines.

Para asegurar la comprensión de la escena, en el basamento figuraría una cartela con las fechas y el objeto del monumento, en piedra e insertos de bronce, como la Fama del remate. El pueblo de nuevo representado, pues este mitológico personaje era la imagen de la voz pública, como una mensajera, en este caso del sentir sevillano.

Susillo, que presentó el boceto en septiembre de 1893, debió seguir el estilo megalómano que se iba imponiendo en la época a la hora de revestir espacios públicos.

De 1888 es el monumento a Colón en Barcelona, de análoga disposición, y creado con motivo de la Exposición Universal celebrada en la Ciudad Condal. Por su parte, en la plaza de Rossio de Lisboa se alzaba, desde 1870, otro triunfal ejemplo, este menos espigado que los anteriores, pero de nuevo dedicado a la monarquía: el monumento de Pedro IV.

Sin embargo, según Amparo Graciani y José Lucas Chaves, «La Academia de Bellas Artes no aprobó el proyecto que el prestigioso escultor sevillano presentó a la Corporación, argumentando que no representaba convenientemente la idea de la cesión».

No hubo revisión del proyecto por parte de Susillo, que tres años más tarde se quitaría la vida. «A raíz del suicidio del artista, su discípulo Viriato Rull propuso realizarlo sin lograr la autorización correspondiente», añaden los autores en su libro «Parque centenario».

A juzgar por la estatua definitiva, gestada en piedra por Enrique Pérez Comendador en 1929, se buscaba algo más sencillo, pues la Infanta quedó inmortalizada sentada, sobre un pequeño pedestal y con una flor en la mano.

Pérez Comendador hace unos últimos retoques en la estatua original, que dejó su espacio a la actual réplica / Archivo Serrano

Pérez Comendador hace unos últimos retoques en la estatua original, que dejó su espacio a la actual réplica / Archivo Serrano

¿En piedra? Se preguntarán los más avispados. La efigie que hoy se contempla en el Parque de María Luisa es de bronce, porque es una réplica realizada en 1972. La original está en Sanlúcar de Barrameda, en los jardines del antiguo Palacio de Orleans y Borbón, hoy Casa Consistorial.

Susillo, célebre por su truculenta y no exenta de literatura historia vinculada al Cristo de las Mieles del Cementerio, podría haber sido el autor de un majestuoso monumento dentro del Parque de María Luisa.

Uno más que añadir a la extensa lista de obras que, diseminadas por el Casco Antiguo, surgieron del talento del malogrado artista, aunque no siempre se maneje el dato. Como ocurre con los Doce ilustres de San Telmo, Velázquez en el Duque, Mañara en los Jardines de la Caridad o Daoiz en La Gavidia.