No hay nada más sevillano que visitar con los más pequeños la Plaza de América, bien provisto de arvejones para alimentar a las palomas. El recuerdo está tan presente que sería sencillo realizar un «inventario» mental de los elementos de la plaza.

Enseguida sobrevendrían el Palacio neomudéjar, hoy Museo de Artes y Costumbres populares, el neorrenacentista, actual sede expositiva de lo arqueológico, y el Pabellón Real, futura espacio de la colección Bellver.

De inmediato se enumerarían las dos fuentes de agua potable, con las jóvenes arrodilladas en vistosos colores, y aquellas en las que se refrescan las propias aves. Y hablando de agua, el gran estanque central. No se olvidarían las glorietas, ni los rosales, ni mucho menos las vistosas farolas que coronan el centro.

Sin embargo, ¿cuántos sevillanos indicarían la presencia de la diosa Niké en la plaza de América? Pues se da hasta en 16 ocasiones.

Nos referimos al conjunto de columnas que, pareadas respecto a cada confluencia con los jardines y a cada edificio, muestran victorias aladas, cada una en una disposición y portando un objeto distinto.

Por ejemplo, la espiga que representa a la agricultura; la rueda dentada más industrial; las flores, de la botánica; la paleta de pinturas, por las artes; la corona de laurel y el cuerno de la abundancia… Conceptos clave en la Sevilla previa al 29, conceptos clave del evento en ciernes, sobre todo los dos últimos.

Representación de Niké frente a la fachada principal del Museo de Artes y Costumbres / Fran Piñero

Representación de Niké frente a la fachada principal del Museo de Artes y Costumbres / Fran Piñero

Y es que este sentido grecorromano de la monumental plaza se debe precisamente a su creador, Aníbal González, que quiso subrayar desde 1912 la idea de éxito potencial de la Exposición Iberoamericana a través de esta triunfal diosa.

Creadores e influencias

El proyecto tomó cuerpo en las manos de tres escultores diferentes, los tres ganadores del concurso convocado en 1913.

Lorenzo Collaut Valera creó seis de ellas, amén de otras emblemáticas obras como el monumento a Bécquer o las alegorías del Arte o el Genio.

Diosa con corona de laurel / F.P.

Diosa con corona de laurel / F.P.

Manuel Delgado Brackembury, que dejó su huella en los leones del estanque homónimo o en la Glorieta de San Diego, gestó otras seis, siendo el artista catalán Pedro Carbonell quien concluyó la serie. Siempre sobre columna de 16 metros de altura y capitel compuesto.

Entre las influencias, hay un claro precedente en la Exposición de Turín de 1911, cierta semblanza con las estatuas de la Fuente de las Cuatro Estaciones de Roma y referencia directa a la producción de Fidias y su técnica de «paños mojados», lo que se aprecia en el chitón y túnica que portan.

En palabras de la investigadora Teresa Lafita Gordillo, sus estilos «oscilan desde el tardomanierismo al neoclasicismo, pasando por una serie de eclecticismo que acentúa sus marcadas diferencias: de dibujo, de tratamiento superficial, de escala…».

Así, estas piezas en piedra arenisca y caliza subrayaban los límites de los desaparecidos bancos corridos que, en número de 8, circundaban la plaza.

El color grisáceo de los citados materiales favorece que no sean tan evidentes en la panorámica de una plaza llena de reclamos visuales, sobre todo las que se enmarcan en el Pabellón de Bellas Artes (Museo Arqueológico).

Arte y conservación

A mediados de los 80 llegaron a ser completamente invisibles. Eso sí, temporalmente y con un objetivo de lo más peculiar.

El artista sevillano Rafael Cantero Amaya, famoso por sus «empaquetamientos» para «vindicar la esencia artística de los monumentos», al estilo de la corriente francesa «environment», cubrió de metros y metros de tela a las victorias aladas.

Una iniciativa que también puso en práctica sobre la estatua de Martínez Montañés en el Salvador e incluso en la escultura de Velázquez, en plena Plaza del Duque, a finales de 1985.

Las esculturas ideadas por Aníbal González se pierden en la exuberancia de la Plaza de América / Fran Piñero

Las esculturas ideadas por Aníbal González se pierden en la exuberancia de la Plaza de América / Fran Piñero

Aunque pueda parecer parte de la evocación a la escultura clásica, los miembros ausentes (alas, manos, brazos y hasta la cabeza en una de ellas) son motivo del propio factor ambiental y no de querer emular a la Niké de Samotracia.

Según un informe municipal, presentan «la mayor parte de su superficie afectada por el desarrollo de biofilm, propiciado por la acción de la humedad, e importantes lagunas en el material constitutivo de la obra»

Sin incidentes vandálicos registrados, y con la constancia de que son recurrente atalaya para las onmipresentes palomas, se hace necesaria una intervención integral de las mismas.

Ya el año pasado Benza Conservación y Restauración le aplicó una consolidación provisional de urgencia para preservar estos elementos, parte original de la esencia regionalista de este rincón de Sevilla.