«De niño viví como un príncipe». «Mi infancia fue una delicia». «Crecí en un mundo de fantasía», estas son las palabras de Eduardo Tain, el último habitante del Pabellón de Colombia. Tain a sus 81 años sólo tiene buenos recuerdos de la que fue su casa, el Pabellón de Colombia, durante 20 años. Pero… ¿cómo una persona de familia humilde puede acabar viviendo en una de las joyas de la Expo del 29? He aquí la historia de este «Principito» sevillano.

Eduardo Tain en el año 1950

Eduardo Tain en el año 1950

Eduardo vivió hasta los seis años en la calle Valflora, actualmente Real de la Carretería, en un piso pequeño junto a sus padres y a su abuela paterna, pero como dice el protagonista, «el casado casa quiere» y su padres comenzaron a barajar opciones para independizarse con su pequeño.

En este momento es cuando empieza la vida de cuento de este vecino de Sevilla. En el año 1931 se acordó el uso del Pabellón de Colombia como Escuela Náutica San Telmo. Unos años después, alrededor del 1939, cuando Tain tenía seis años y su padre, que era contramaestre, buscaba activamente un nuevo domicilio, el Comandante de Marina, que a su vez era el director de la Escuela Náutica, le ofreció que se encargara de cuidar el pabellón como conserje y a cambio le cedían toda la parte baja del edificio como vivienda.

Poco tuvieron que pensar los padres de Eduardo ante tal propuesta, ya que además le ofrecían servicio de limpieza, jardinería, le pagaban la luz y el agua. Una lotería en forma de hogar que cayó en manos de esta familia cuando ya se acercaban los años 40.

Cuando Eduardo entró por las puertas de su particular palacio se quedó sorprendido, «no podía creer que aquella fuera mi casa, con ese patio interior enorme con una fuente en medio, esas grandes puertas escoltadas por una figuras en forma de indio, no tengo palabras, en ese momento entré en el paraíso», relata.

Un paraíso que le reportó muchas alegrías en su infancia y en su juventud. Cuenta que de niño, su jardín para él y para sus amigos era como un parque de atracciones. «Mi casa era el punto de encuentro y diversión, nos lo pasábamos en grande. Cuando jugábamos en la parte de abajo nos imaginábamos que éramos reyes y cuando subíamos a la Escuela Náutica hacíamos como los que estábamos en un submarino». El octogenario describe todas estas vivencias como si hubiesen pasado ayer mismo, pero es que como él resalta, «cosas así no se olvidan en la vida» y entre risas añade «los viejos no nos acordamos de lo que hemos comido al mediodía, sin embargo recordamos a la perfección las cosas vividas de pequeño».

Las sonrisas dan paso a la añoranza mientras narra cómo ha cambiado todo, «mi memoria me lleva a aquellas carreras en bici que hacía con mis amigos por la avenida de La Palmera, no había coches apenas, no había peligro… Si me aburría en mi jardín, me iba sólo sin preocupación ni miedo a otro más grande, al de enfrente de mi casa, a mi querido Parque María Luisa».

Eduardo Tain a sus 81 años

Eduardo Tain a sus 81 años

Gracias al Pabellón de Colombia, Eduardo conquistaba corazones

Los pasajes de la vida de Eduardo están marcados por la felicidad. El Pabellón de Colombia le dio la oportunidad en su juventud de conocer a sus primeras conquistas. Dice que «el jardín principal estaba lleno de jazmín, siempre antes de irme al cine de verano hacía ramilletes de esta flor y luego los repartía para que las niñas guapas se lo pusieran en el pelo. Si no iba un día, al siguiente me esperaban ansiosas para que les diera sus flores», detalla Eduardo muy orgulloso de su hazaña.

Los años fueron pasando y cuando falleció su padre, Eduardo vio aquello demasiado grande. Había llegado el momento, a sus 26 años abandonó su «principado» para vivir como el resto de los mortales.

Eduardo fotografiado junto a la palmera del jardín del Pabellón de Colombia

Eduardo fotografiado junto a la palmera del jardín del Pabellón de Colombia.

Hace unos días, tras más de 50 años, sin pisar el Pabellón de Colombia, Tain ha vuelto con toda su familia a la que fue su casa. Dice que en cuanto se enteró que el Ayuntamiento de Sevilla abría de nuevo los pabellones para visitas por el 85 aniversario de la Exposición Iberoamericana de 1929, «no lo dudé un momento y reuní a mis cuatro hijos y a mis nietos para volver de nuevo». Entre carcajadas desvela que una de sus nietas le preguntó al ver el pabellón qué si era rico de chico «yo le tuve que explicar que no, que mi padre era el que cuidaba el edificio».

Tras la vista se quedó muy satisfecho y a la vez asombrado. Satisfecho porque su Colombia particular está a día de hoy muy bien cuidada y asombrado porque aquella palmera en la que se fotografió de joven, que le llegaba por la cabeza, ahora sobrepasa los techos más altos del Pabellón de Colombia. Así ha pasado el tiempo para el «principe» sevillano que vivió en el Pabellón de Colombia.