El tiempo pasa sin que pase nada. Las Tres Mil siguen ofreciendo, a simple vista, el mismo aspecto de deterioro y desolación. Sin aparente solución de continuidad. Calles sucias y edificios abandonados a su suerte llaman la atención en una primera visión superficial. Bajo los escombros, tras la imagen distorsionada, hay un motor de cambio imparable que, tras años de trabajo, empieza a germinar. Los Vencedores han aprendido a conquistarle metros a la droga en las Tres Mil.

«La clave está en la educación», explica Pedro Molina, presidente de la Asociación Cultural y Gitana Vencedores, más conocido como el Tito Pedro. Su baja estatura contrasta con su inmensa capacidad para mover las energías de todo un barrio, su barrio, las Tres Mil. Cansado de ver a los niños de la zona deambular por la calle, decidió crear un club de fútbol con el que entretenerlos. De ahí surgió, hace más de una década, Vencedores.

En la actualidad, la asociación promueve en el barrio varios programas que apuestan por la educación, de niños y mayores. Una docena de mujeres participan en unas clases de alfabetización. La mayoría salió del colegio sin saber leer ni escribir, se casaron a edades tempranas y la sucesión de embarazos apenas le permitió dedicar tiempo a su formación.

El aula de Vencedores«Ya que no hemos tenido oportunidades de chica, las tenemos de grande», confiesa María Ojeda, una vecina de las 624 viviendas, conocidas como Las Vegas. A sus 57 años ha tenido 12 hijos y es abuela de 23 nietos. Comparte pupitre con su comadre, Desiré, y con su hija Mercedes. «Nosotras animamos a nuestra familia y a nuestras vecinas a venir», confirman.

Tres veces en semana. Dos horas al día. Es su momento de evasión. Llegan las risas y juntas repasan las actividades que les pone su profesora, la trabajadora social de Vencedores, Cristina Reina. «Lo peor es la tabla del siete», confiesan entre risas. «Del uno al cinco, bien; pero después…», aseguran.

El en aula, los avances se notan pronto mientras que los maridos chatarrean. Lo sabe bien María del Carmen Utrera, esposa de Pedro Molina y profesora de apoyo. Ella ocupó hace tiempo esos mismos pupitres y hoy enseña a sus compañeras hablándoles desde la experiencia. «Lo primero es aprender a escribir el nombre y los apellidos», detalla Cristina, la profesora. «Ellas me piden deberes y se lo toman muy en serio porque es un compromiso que han adquirido conmingo, del mismo modo que yo me he comprometido con ellas», afirma la docente.

Y todo para darles un futuro a sus hijos. Aunque muchas también lo ven como un primer paso para sacarse el carnet de conducir. «Mi hija Carmen dice que quiere ser abogada», explica Mercedes. Todas están orgullosas de vivir en Las Vegas, menos Rocío, a quien nunca le gustó su barrio. Pero todas coinciden, «queremos que nuestros hijos salgan de las Tres Mil, que no vivan lo que nosotros hemos vivido», confirman.

Fuera del aula se repite ese mismo pensamiento. El argumento lo esgrime esta vez Fidel Baena, un vecino de 37 años de Las Vegas. Está en la cola para recibir alimentos de la asociación Vencedores, que dentro de su programa también incluye un Centro de Atención Integral Familiar con la que atienden a un centenar de hogares.

CAIF VencedoresUna veintena de voluntarios se aposta en el edificio que un día fue el instituto Polígono Sur, antes abandonado y ahora conquistado por los Vencedores. Rafael, Javi, Francisco… Todos organizan los lotes que recibirán las familias. Harina, aceite o leche. No hay grandes lujos, lo justo para aplacar las necesidades de un barrio en el que un altísimo porcentaje de los residentes está en el paro.

«Lo que está haciendo Vencedores es bueno para las Tres Mil, nos supone una ayuda», explica Fidel una vez que ha llenado el carro con alimentos para su sobrino, que tiene una minusvalía que lo impide bajar de su piso, situado en una primera planta sin ascensor de situado en Las Vegas. «Vencedores le está comiendo terreno a la droga en un barrio en el que si no se actúa, se infecta», confiesa.

«Gracias a ellos el barrio está cambiando bastante, hay más limpieza», confirma Fidel. «Nos da alegría, hay esperanza; dinero no, pero sí esperanza», reitera este vecino que ya no goza de prestación por desempleo. En su día fue repartidor de bebidas, con la crisis, las oportunidades se han esfumado.

El 13 es un número maldito en las Tres Mil. No hay supersticiones. «Yo echo muchos curriculum pero en cuanto ven el 40113, el código postal de las Tres Mil se acaban mis opciones», explica Francisco Molina. «Tenemos que decir que somos de la barriada La Oliva para conseguir el puesto», confiesa.

Fidel llena su carro de Vencedores

Vivir es elegir; y elegir, renunciar. Francisco se fue con 17 años a Puerto Pollença, una zona turística de Mallorca en la que trabajó como camarero y encargado de terraza hasta los 25 años. Habla inglés con fluidez, pero no sabe escribirlo. En su día le hicieron una oferta para ir al Reino Unido a trabajar en el sector de la hostelería. Dijo que no y se volvió a su barrio. Eran años de bonanza. Se casó y se dedicó a vender fruta en el mercadillo. La crisis dio al traste con su plan de vida y, casado y con hijos, la opción de emigrar se ha desvanecido.

Él lo tiene claro. «Irme es muy complicado, se me da bien la hostelería y tengo que estudiar para conseguir un puesto de trabajo», explica. Gracias a las gestiones de Pedro y de la asociación Vencedores, Francisco ha conseguido una plaza en la escuela de adultos para obtener la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y seguir ampliando estudios en un grado superior de hostelería.

La conquista de un edificio

Mientras espera su oportunidad, Francisco arrima el hombro para sacar adelante el amplio repertorio de iniciativas que Vencedores ejecuta en las Tres Mil. La última, quizás la que más satisfacciones esté generando, es la de haber conquistado un edificio entero a la inmundicia.

La Empresa Pública de Suelo de Andalucía (EPSA) cedió hace un año un pequeño local a Vencedores justo en un edificio abandonado de Las Vegas. El mismo inmueble que protagonizó el cartel de la película «Polígono Sur, el arte de las Tres Mil» y en el que un burro asomaba la cabeza por uno de los balcones. Hacía años que esa misma finca era frecuentada por yonquis que consumían en lo que un día fue un bloque de viviendas.

«No veía ‘chutas’ (jeringuillas) desde los noventa», detalla Francisco. «Tuvimos que entrar con botas de protección y mascarillas para evitar pincharnos y soportar el olor nauseabundo», añade Pedro. El trabajo de más de una veintena de voluntarios de Vencedores consiguió sacar camiones de basura. «El montón de mierda llegaba a la segunda planta», afirma el presidente.

Las gestiones y el arrojo de Vencedores les granjeo la simpatía de la Administración andaluza que, a través del programa Habitar 2.0, impulsado por la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía, está acometiendo una reforma en el local para adecuarlo a las necesidades de la asociación. Entre ellas, la creación de un gimnasio que, a su vez, sea un centro social, cultural y educativo. Una hercúlea tarea que Pedro maquina desde hace tiempo.

Pedro Molina, presidente de Vencedores.

Pedro Molina, presidente de Vencedores, en la futura sede de la asociación.

«El deporte es vital, es el enganche, y a partir de ahí, detectamos los problemas del barrio», desvela Molina. Vencedores nació de un club deportivo hace doce años. «Para que los niños jueguen les pedimos las notas, hablamos con las madres y los tenemos controlados, es una excusa para saber sus problemas», explica Pedro.

«La labor social y el deporte, fusionadas, nos lleva a cumplir nuestros objetivos», confirma el presidente. Para eso es básica la figura de los entrenadores del Club de Fútbol Sala Vencedores, Eusebio Márquez y Álvaro Hernica, a quienes los jóvenes los consideran como hermanos mayores. «Los chavales tienen mucha facilidad para el fútbol, hay muchos que han militado en la cantera del Betis o del Sevilla, pero el entorno los invita a caer en el vicio y se echan a perder», confiesan.

Las gestiones de la asociación ya ha traído a varios ojeadores de los equipos sevillanos. «Si saliese del barrio un futbolista sería un orgullo para nosotros», asegura Pedro. «Salir de las Tres Mil a través del deporte sería un ejemplo para que el resto se lo tomase más en serio», detalla.

El deporte, el reclamo

Mientras que los albañiles finalizan la obra de lo que será el gimnasio, Pedro se reúne con Ismael Roja y Ángel Ceballos, dos miembros de Autonomía Sur, una entidad asociada a Cop57, la mayor cooperativa de servicios financieros española, que rige su actividad basándose en los principios de la banca ética. Vencedores necesita 40.000 euros para equipar el gimnasio y Cop57 está interesado en su proyecto. Ambas organizaciones se conocieron en unas jornadas de Economía Social de la Universidad de Osuna y pronto establecieron los primeros lazos de cooperación.

Pero, mientras llega la financiación, Pedro insiste en buscar donaciones. «Ya sea de equipo usado o nuevo, lo que queremos es dotar de máquinas el gimnasio; también aceptamos dinero para no tener que meternos en un préstamo de 40.000 euros», afirma. «Hemos tenido reuniones con la Universidad Pablo de Olavide y un gimnasio de un pueblo de la provincia nos ha cedido material», agrega. «Los que quieran colaborar con nosotros, que nos escriban a nuestro correo electrónico acgvencedores7@gmail.com», indica Pedro.

Graffittis de Las VegasPedro sabe que necesitará más dinero para poner en marcha su plan al completo para las Tres Mil. Lleva varios proyectos adelante de forma paralela. Un grupo de los Vencedores está creando un supermercado social, en el que los necesitados del barrio puedan comprar productos a precio de mayoristas sin necesidad de recurrir al Centro de Atención Integral Familiar. «Es importante que compren con su dinero, eso los hace mantener su dignidad intacta; pero hay que ofrecerles facilidades», explica Pedro.

Gimnasio, supermercado… y todo a escasos metros de Las Vegas, donde todavía existen puntos de venta de droga. «Ellos no nos perciben como una amenaza, convivimos, ellos no se meten con nosotros ni nosotros con ellos», explica Pedro. «A muchos los conozco porque somos de la misma generación, yo decidí guiar mi trayectoria por el bien y ellos no», añade. «Pero el secreto de Vencedores no está en mí, está en todos nosotros», desvela.

Y cada día ese nosotros suma más adeptos. Vencedores trabaja con una empresa de diseño web, Sapiens Tecno Project, para crear su primer portal digital; tiene perfil en Facebook y en Twitter. Y los medios han centrado en ellos su mirada desde que un grupo de graffiteros internacionales han intervenido en Las Vegas. 

«Vencedor es todo aquel que sale de la oscuridad», explican Pedro y Francisco. Tomaron el nombre de un coro evangélico. «Vencedores, vencedores, somos más que vencedores», canturrean. Las Tres Mil están aprendiendo a conquistarle metros a la droga y al hambre. Pedro, María del Carmen, Rafael, Cristina, Úrsula, «el Nene», Francisco, Eusebio, Álvaro, María, Desiré… Porque «hay esperanza para las Tres Mil».