Cuenta la leyenda que si te quieres casar, tienes o bien que encontrar el pajarito en el azulejo de la parroquia de San Pedro o irte a Santa Ana y darle siete patadas a compás a la tumba de «El Negro», una sepultura que guarda una curiosa historia y que tiene una altísima calidad artística.

Allí, en Santa Ana, junto al retablo de Ánimas, se encuentra la lápida de Íñigo López, un supuesto esclavo que fue enterrado allí en 1503, y cuyo autor no es otro que Francisco Niculoso Pisano, uno de los más grandes ceramistas de la historia, el cual tiene muy pocas obras documentadas y que introdujo el oficio de la alfarería en el arrabal.

Amparo Rodríguez Babío, archivera de Santa Ana, detalla a ABC de Sevilla esta historia que se cuenta también en el libro «Sevilla monumental y artística» de José Gestoso, que parte de un suceso que ocurrió a mediados del siglo XIX, cuando a un feligrés, conocido en el barrio como Castro, mientras se encontraba orando ante la capilla de las Ánimas se le apareció un anciano fantasma que le indicaba que allí, detrás de un retablo, estaba la tumba de un esclavo que había sido asesinado por un marqués.

Creyendo que eran cosas suyas, volvió a Santa Ana y de nuevo se le apareció el anciano para indicarle que, allí mismo, estaba enterrado el malogrado esclavo. Corriendo, se fue a decírselo al párroco, quien no le creyó y, a partir de ese momento, le tomaron por loco en el barrio. Y así, pasó algún tiempo y, en una de las remodelaciones que se hicieron en el interior de la catedral trianera, fue retirado el retablo detrás del cuál aseguraba el viejo que se encontraba la tumba del esclavo asesinado. Y allí que apareció, y tanta fue la impresión que se llevaron los clérigos que se reunieron urgentemente para averiguar quién era ese tal Íñigo Lopez.

Se trataba de un indio que había llegado de América con el sobrenombre de «El Negro». Fue el mismísimo Cristóbal Colón quien lo mandó para España. La historia se contextualiza en 1493, en la llegada de los conquistadores a Puerto Rico, donde se encontraron con los indígenas que poblaban la isla. Cuando la abandonaron los españoles, solicitó al jefe de la tribu que le cediera a algún joven para servirle, y a quien ofreció fue a su propio hijo. Al llegar a Sevilla, El Negro entró en el convento de San Francisco, donde se convirtió al cristianismo y adoptó el nombre de Íñigo López por mediación de un marqués —de nombre desconocido al no constar en los archivos por la vergüenza que ocurrió más adelante—, quien lo bautizó y lo sacó del claustro del convento para ponerlo a su servicio.

No era un esclavo más, sino que gozaba de todos los parabienes que deseara, hasta que un día, mientras se bañaba desnudo, su padrino el marqués intentó violarlo, a lo que se negó. El noble montó en cólera y, a golpes, asesinó a Íñigo López.

La leyenda de las siete patadas a la tumba

El indio que se trajo Colón del Nuevo Mundo yace, desde 1503, enterrado como un noble en la parroquia de Santa Ana, bajo una lápida de cerámica renacentista valiosísima. Desde que fue redescubierta a mediados del siglo XIX, surgió otra leyenda popular femenina en torno al malogrado Íñigo López. Se decía que aquellas solteras que le dieran siete patadas al compás a la sepultura, encontraban a un marido.

Según Amparo Rodríguez Babío, «la gente se emocionaba, se dedicaba a darle patadas, y tuvieron que poner una verja alrededor para evitarlo, ya que se estaban cargando la tumba, que es de gran calidad». El sepulcro se encuentra en mal estado a la espera de que pueda ser restaurada, parte por las patadas que recibía y parte por el paso del tiempo, después de quinientos años… «Pero no hay dinero», afirma Rodríguez Babío, que lamenta que una pieza de esa valía, firmada por Niculoso Pisano, se encuentre tan deteriorada.

Ésta es la legendaria historia de aquel indio conocido como El Negro, que murió asesinado, fue enterrado como un noble y acabó recibiendo patadas de las trianeras sin novio, quién sabe si como recuerdo a ese amor no correspondido hacia el marqués, que le provocó la muerte… tal vez como consecuencia de siete patadas recibidas.

¿Oculta algo más la tumba de El Negro?

A continuación del apellido Lopes, algo está borrado intencionadamente y no como consecuencia de las patadas. ¿Otro apellido quizá? ¿Quién lo borró? Quizá la historia real fuese más interesante que esa truculenta leyenda. La cabeza es la parte más deteriorada del cuerpo, posiblemente también de una forma intencionada. Así lo cuenta el que fuera coadjutor de la parroquia Antonio Murillo, que añade que «lo de las patadas es cierto, pero posiblemente ninguna moza llegó a darle las siete patadas de rigor, porque allí estaba, al quite, El Mudo, que se había convertido en fiel vigilante y guardián de la lauda sepulcral del negro o esclavo. Se le colocó la verja para protejerlo, pero las mozas siguieron dándole las patadas a la verja. En alguna ocasión se le puso delante un banco y las mocitas de Triana le daban las patadas al banco. Dicen que las muchachas que le daban las patadas al esclavo se casaban, pero yo creo, más bien, que las mozas de Triana no necesitaban darle patadas al negro para casarse».

Foto: Raúl Doblado