Una estampa del siglo pasado pero que muchos trianeros recuerdan como si fuera de ayer. Allá por los años 40, Triana era el epicentro de hornos de tejas y ladrillos, de cuyas chimeneas emanaba un denso humo que coronaba el cielo del arrabal. Así lo recuerda el trianero Esteban Hernández, quien asegura que «estos hornos de ladrillos con sus características estelas de humos negros como crestas que se elevaban en el cielo de la antigua Triana fueron símbolos ancestrales de los alfarereos trianeros, dándole carácter al arrabal».

Y aunque afirma que muchos trianeros de antaño «echamos de menos para bien o para mal el humo denso, era una más de las tantas incomodidades que había de soportar el vecindario». Asimismo, «se constituyó en un punto de referencia para esgrimir las dotes de adivinación sobre el lugar de procedencia del mismo o de la naturaleza del combustible empleado». Y es que el humo «estrellaba en el vidrio sus ennegrecidos morros, colándose subrepticiamente por las más inverosímiles rendijas, a pesar de todas las precauciones habidas».

Cabe recordar, entre aquellas fábricas, las que existieron hasta los años 60 desde la trasera del Hotel Triana y la calle San Vicente de Paúl, antigua calle Cohetería, y extendiéndose por lo que es hoy Ronda de Triana, Numancia y Santa Ana. «Eran los famosos hornos de tejas y ladrillos, los tejares de Pozo, Pepillo, de Luna, del Moro y el de Salas. Había como una cadencia en el ritmo cíclico del humo».

Las fábricas de cerámica

Según comenta Hernández, «raras veces coincidían las fábricas vecinas de cerámica en el cocido artesanal del barro, como si existiera un tácito acuerdo. Se salían de esta norma, sin embargo, los hornos de los tejares, que se distribuían anárquicamente su producción con la arritmia propia de su sucesión más o menos encadenada de pedidos, en lo que, como es lógico, la ley de la oferta y la demanda marcaba la pauta».

Así, la vida trianera estaba marcada por esos humos procedentes de «industrias representativas como las de Mensaque, Ramos Rejanos, Cerámica de Santa Ana o Montalván». Sin duda, todo un espectáculo de columnas de humo que debían conformar un peculiar y característico paisaje desde la otra orilla.

«El humo jugaba al escondite con las torres y espadañas, se metía travieso por los huecos canoros de los campanarios, manchando las cruces y los azulejos, y empujaba a veces las veletas en giro circulares, cambiándoles el derrotero», rememora Esteban Hernández. Por las tardes, amainaban esas columnas de humo y «los días que descansaban los hornos, el cielo era más azul que cualquier otro cielo del mundo». «Las calles Alfarería y Antillano Campos eran los lugares tradicionales de pequeños talleres de la elaboración del barro y la cerámica artística, destacando la fábrica de loza de Manuel Montero». Hoy día, queda poco más que el recuerdo de aquellos hornos cuya historia y profesión puede contemplarse en el Museo de la Cerámica de Triana.

Fotografía: imagen publicada en el libro privado «Triana en la memoria 1940-1960. Los niños de la posguerra».