Transitar hoy por el Callejón de la Inquisición dista mucho del paseo que pudieron dar los que anduvieron por esta singular vía de Triana desde finales del siglo XV. Lo que hoy es un excelente refugio del sol -y de las altas temperaturas- a orillas del río Guadalquivir fue en tiempos parte del Castillo de San Jorge, que sirvió de sede del Santo Oficio y prisión que albergó a supuestos herejes a los que se minaba el ánimo para lograr su quebranto y su confesión.

Pasear por el Callejón de la Inquisición era sinónimo de tortura. O bien se iba a la cárcel o se iba a la hoguera o, en el mejor de los casos, a ser juzgados con la esperanza de quedar libres. Recorrer los estrechos 35 metros que separan el actual Paseo Nuestra Señora de la O y la calle Callao era emprender un viaje hacia la muerte.

A la prisión del Castillo de San Jorge empezaron a llegar reos desde primeros de mayo de 1946, momento en el que está fechada un traslado «en procesión de 94 hombres y mujeres que fueron condenados por herejes», según se publica en auto. La cárcel era un lugar malsano y las habladurías sobre este lugar inspiro siglos más tarde a Beethoven su ópera Fidelio, motivo por el que surge el vínculo entre la ópera y este espacio a orillas del Guadalquivir.

Callejón de la Inquisición

Lo que en su día fue un espacio para la tortura se ha convertido en epicentro del placer gastronómico. En el solar que un día ocupó el Castillo de San Jorge hoy se levanta el mercado de Triana, donde además de proveerse de viandas se puede tapear productos dignos de los más exquisitos paladares. O, fuera de la plaza de abastos, en las aledañas calles San Jorge o Callao proliferan multitud de bares con una variopinto oferta culinaria que copan sus mesas en los veladores.

Un espacio agradable en las noches calurosas de verano por donde llega el aire del Guadalquivir a través del Callejón de la Inquisición. Brisa que en algunos casos calma el calor de justicia… tortuoso, como el Santo Oficio.