La Doña María Coronel del arrabal sería Astarté, según la mitología, quien, al igual que la dama que huía de Pedro I el cruel, escapaba de otro acosador: Hércules, que se habría dejado caer por estas tierras llanas para fundar Sevilla. La asimilada diosa fenicia que nos ocupa, de culto a la madre naturaleza, dio en refugiarse en la orilla occidental del río para ir dando forma a Triana, o la Trajana del emperador de Itálica, y aun la Atrayana o Athriana, allende el agua del Betis, del río de Tartessos.

O el al-wadi al-kabir… el Guadalquivir que en una revuelta de las palabras hacia Roma da nombre a la calle que se curva siguiendo el curso del cauce, a la vera del río, justo donde mañana comenzará una vieja fiesta, la más antigua de Sevilla, la Velá, que ya cumple más de siete siglos en los que ha superado los escalones de etapas extrañas de impenitentes y cutres borracheríos, con algún beodo al agua; de masificación porrera o cani sucesiva con soluciones de continuidad; de activos politiqueos haciendo bolos desde la correspondiente caseta…

Los incansables de Torreblanca ya no se dejan caer hace años por la Velá con el «Dame veneno» de los Chunguitos, los grandes éxitos de Los Chichos (sólo faltaba que se hubiera aparecido el del medio que vieron los Estopa), o los pasodobles de pirámide de cabra gitanera y cuajada de algarabía para romper las calles lentas, expeditas de viejas mujeres de luto hilvanado, en el gran estaribel que se montaba al lado del trasladado Kiosco de las Flores, justo donde hoy le rompen el pecho a Belmonte intentando que el barrio más auténtico no deje de mirar a la otra orilla, la de Sevilla. «Voy a Sevilla» «¿Vienes conmigo a Sevilla»? a arreglar papeles, a ver otros escaparates, al especialista, a comprar … nunca sin, al pasar, santiguarse ante la capillita del Carmen que Aníbal González inventó frente al Faro en el que la compañía de Vapores Sevilla-Sanlúcar-Mar (eufonía poética pura) tenía sus oficinas y daba cuerda al reloj para los viajeros y veraneantes del agua dulce y salada junto a la escalerilla de Tagua.

Calle Betis desde el muelle de la Sal, con el «Cádiz» hacia Sanlúcar

Calle Betis desde el muelle de la Sal, con el «Cádiz» hacia Sanlúcar

Compartiendo el cauce, los areneros con las sirgas cruzadas en el pecho arrastraban desde la orilla las barcazas, casi hundidas por el peso. Desde la barandilla del puente de Triana los contemplaba ese «casino de mirones» desocupados que retrató con tino Vicente Flores, el que fuera dibujante y humorista gráfico de ABC de Sevilla durante más de cuarenta años.

Malecón de zapatas

Triana es del río y mar, con malecón de zapatas y de historias que se narran a sones de Salve marinera a la Esperanza, que domina el mundo conocido del arrabal desde los centros de la calle Larga. Pureza que lleva hasta la catedral trianera, la parroquia más antigua de Sevilla, que el año que viene celebrará siete siglos y medio de vida y que ahora, el 26 de julio, celebrará la festividad de Santa Ana, en torno a la cual se formó hasta la romería que dio origen a la peculiar Velá. De la fiesta ya han huido las figuras de las viejas trianeras con blusas de lunares y moñas de jazmines de sus patios. Desde hace años, el merchandising de las moñas está en manos de las gitanas que los recolectan en los chalés aljarafeños, unidas en el supuesto paisaje turístico trianero, a la tropa de cantantes patrios y foráneos que se suceden en relativo orden de aparición entre los cientos de veladores de Betis, San Jacinto, el Altozano y San Jorge.

El mercado de Triana en los años setenta / ÁNGEL DOBLADO

El mercado de Triana en los años setenta / ÁNGEL DOBLADO

En los cambios

Las estampas de la Triana antigua nos hablan de otra vida, la que sucumbió al tiempo de los cambios inmobiliarios, que transformaron en diáspora a los viejos vecinos y que dejaron poco en pie de aquel caserío bajo que la conformó, trufado de corrales en los que todo se compartía. Pocos enclaves vecinales auténticos han sobrevivido en el arrabal. La mayoría, en rehabilitaciones radicales, han sido transformados en corrales y patios estandarizados en los que no se ha guardado el recuerdo de la voz del ditero o del cobrador de los muertos, del hojalatero cantando sus pregones de parches de estaño, del leve perfume de los dedalitos de colonia vendidos al granel a domicilio. Nada queda de la valentía de vivir las mayores carestías con esa guasa y gracejo propios del arrabal, compartiendo retrete y poyete con agujeros y carbón para el puchero del hambre y el café de zurrapas recogidas en los bares.

Saben los trianeros de penas y fiestas. De las penalidades antiguas queda la memoria en los que han podido soportar la presión del barrio en transformación, como algunos viejos placeros, nacidos en el mismo mercado que pisa las piedras de la Inquisición, junto al hoy llamado Paseo de La O, otrora lleno de basura y camino de ratas, donde las almonas y su alquimia de jabones han sido absorbidas por nuevos cimientos para vecinos que no mamaron de sus antecesores una forma de vida.

La calle Betis y las zapatas abarrotadas durante la cucaña / MARTÍN CARTAYA

La calle Betis y las zapatas abarrotadas durante la cucaña / MARTÍN CARTAYA

Se fueron o fueron obligados a marcharse en lento peregrinar a lo largo del tiempo muchos tipos raciales e irrepetibles y han ido desapareciendo comercios y bares netamente trianeros, que han dejado hueco y memoria persistente, como el olor del adobo de barbo de «El Litro», la luz y el sabor de la bodeguita de Juan en el Patrocinio, el zapatero remendón de la calle Castilla… Pero, no deja de tener algún encanto esta Triana del siglo XXI, porque, como reza la soleá del Zurraque de Paco Toronjo: «Triana será Triana mientras viva un trianero» y porque algunos románticos luchan por mantener alguna de sus esencia contra viento y marea.