Agosto en la plaza del Altozano. Año 1812. El calor alienta a la muchedumbre que acompaña a un tal John Downie. Avanzan desde el Aljarafe con el firme propósito de echar a los franceses de Sevilla. Vienen de Huelva, donde portugueses y británicos se han unido a los españoles para disputarle metros a las tropas napoleónicas, que han expoliado la ciudad en dos años y medio de dominio francés. Pero antes deberán salvar el Guadalquivir. De un lado, los franceses; del otro, los aliados; en el medio, el puente de Triana. Arranca la batalla.

La Guerra de la Independencia Española se libra en el puente de Triana. A kilómetros de distancia, la fortaleza de Cádiz, donde a pesar del asedio resisten las Cortes Españolas, desalienta a las tropas napoleónicas que se retiran al norte para reforzar la posición en Sevilla. El repliegue de las huestes francesas coincide con la decisión de los británicos de apoyar a los españoles ante el temor a un avance de Napoleón en Europa. Empieza a gestarse la batalla.

El mariscal Jean de Dieu Soult dirige a los franceses, el general Juan de la Cruz Mourgeon hace lo propio con los aliados, con la ayuda de los coroneles británicos John Byrne Skerrett y John Scrope Colquitt que están al frente de seis compañías del segundo batallón del primer regimiento de los Royal Foot Guards; John Downie, un escocés que -con la espada de Pizarro en ristre- comanda a la Leal Legión Extremeña, un ejército privado al servicio del duque de Wellington.

El general español Cruz Mourgeon (izq), el escocés John Downie y el francés Jean de Dieu Soult (der).

El general español Cruz Mourgeon (izq), el escocés John Downie y el francés Jean de Dieu Soult (der).

La primera ofensiva aliada tiene lugar en La Palma del Condado. De ahí parten a Castilleja de la Cuesta, donde la División Cruz marca la diferencia para que los españoles se alcen con la victoria. Ante el avance de los aliados, Soult decide reforzar la posición en el Altozano, donde las tropas francesas están bien atrincheradas para defender el puente de Barcas. Por delante, la Vega de Triana, desde donde vecinos se suman a las huestes aliadas.

La defensa napoleónica repele las primeras embestidas aliadas, causando numerosas bajas. Sin embargo, el acoso de españoles, portugueses, británicos, de la Leal Legión Extremeña y de la muchedumbre consigue resquebrajar las líneas francesas, que son aprovechadas para ganarle metros al Altozano. Los franceses se repliegan. Muchos huyen.

Aprovechando las líneas francesas rotas, John Downie carga a caballo empuñando la espada del conquistador Francisco Pizarro, un regalo que el escocés recibe de las manos de la marquesa de la Conquista, que conservaba el trofeo histórico. En plena batalla, Downie yerra su asalto y los franceses logran abatirlo y herirlo en la mejilla y en un ojo. Desorientado, el escocés aprovecha su escasa lucidez para arrojar la espada a su Leal Legión de Extremeños para evitar que el enemigo se apoderaran de ella. Enardecidos por el gesto de su líder, cargan ferozmente contra los franceses.

El puente de Triana vuelve a ser español y con él se abren las puertas de Sevilla. Los franceses abandonan la ciudad, Soult se marcha del Palacio Arzobispal, donde había establecido su cuartel general. Se dirigen a Granada, después a Murcia. Los británicos aprovechan para descansar en Alcalá de Guadaíra.

La batalla del Puente de Triana deja cientos de muertos, la mayoría causa del combate, otros producto del debilitamiento de las marchas a pie, el calor de agosto en Sevilla y una epidemia de tifus que azotaba la ciudad. Entre las bajas está el teniente coronel de Infantería John Scrope Colquitt, fallecido a los 37 años y que es enterrado en Alcalá de Guadaíra en lo que se conoce como la Cruz del Inglés. Por su parte, el escocés John Downie es nombrado alcaide de los Reales Alcázares.

El papel de Sevilla en la Guerra de la Independencia contra los franceses hizo que el rey Fernando VII le concediese el título de Muy Heroica. La ciudad sufrió un notable espolio. Zurbarán, Miguel de Mañara, Murillo, Herrera el Viejo, Alonso Cano, Juan de Roelas, Francisco Pacheco… muchas de las obras saqueadas por el propio Soult lucen hoy en las pareces del Museo del Louvre de París. Algunas han vuelto a España, como la Inmaculada «de Soult», que fue robada del hospital de los Venerables de Sevilla y que tras su paso por el Louvre ha regresado al Museo del Prado de Madrid.