El siglo XIX, convulso y especialmente dañino para las construcciones religiosas, supuso para la pintura española una nueva época de gracia. Sevilla no quedó al margen de las nuevas corrientes artísticas que, a medio camino entre el paisajismo y lo costumbrista, dejó una treintena de nombres propios a tener en cuenta.

Serán sus representantes más destacados los que completen la lista de los diez pintores por excelencia que ha dado Sevilla, dejando hueco para las vanguardias y el arte contemporáneo con sello hispalense.

06 Barrón y Carrillo

Parece haber pocas dudas. Manuel Barrón y Carrillo está considerado, según el Museo Thyssen y otros tantos expertos, en el paisajista romántico andaluz por antonomasia.

A pesar de su amor por la ciudad, donde llegó a fundar el Liceo Artístico y dirigir la Escuela de Bellas Artes, sus lienzos plasmaron lugares dispersos de la geografía autonómica, como el caso de Ronda, Málaga o Cádiz, y también española.

De la tierra destacan «Fiesta popular en los alrededores de Sevilla», emulando las panorámicas festivas a distancia de la ciudad que introdujera Joaquín Domínguez Bécquer, y, sobre todo, «Vistas desde el Guadalquivir», tomado desde un lugar cercano a la Punta del Verde.

Fragmento de «Vista del Guadalquivir», de Manuel Barrón, de 1854, que se exhibe en el museo Thyssen de Málaga

Fragmento de «Vista del Guadalquivir», de Manuel Barrón, de 1854, que se exhibe en el museo Thyssen de Málaga

Es la figura más visible de un diestro grupo de pintores entre los que habría que destacar a Manuel Cabral Aguado-Bejarano, hijo del maestro Antonio Cabral, y centrado en paisajes que enmarcaban escenas costumbristas, el auténtico objetivo.

Pero también a Manuel García y Rodríguez, con la sublimación de Sevilla en cada cuadro. Y a Emilio Sánchez Perrier, de corte más naturalista que Barrón, cuya obra no escapa a cierta idealización en el uso de la luz y el color suave.

07 José Villegas

La segunda mitad del siglo XIX trajo la llegada del impresionismo. Para pintores como José Villegas, nacido en 1844, las imperantes escenas cotidianas no se entendían sin la cuidada imprecisión en el trazo instaurada por Monet y reinterpretada por autores como Fortuny, influencia directa de Villegas.

Así, fraguó un estilo de realismo decorativista de tintes orientalistas que se puede observar en su obra más conocida, «La muerte del maestro» (1893-1910), visitable en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, pero también en sus numerosos autorretratos y en lienzos como «El estudio del pintor».

«Un rincón de Biarritz», de 1906, muestra la cara más impresionista de José Villegas

«Un rincón de Biarritz», de 1906, muestra la cara más impresionista de José Villegas

Es en su última etapa, ya entrado el siglo XX, donde despliega un impresionismo más marcado, como puede observarse en la serie de pinturas de Biarritz y el País Vasco, incluso en temas sevillanos como «Las tres gracias» o «En el balcón».

El sevillano, un habitual de Roma y Madrid, donde se situó como «prestigioso retratista», según Ángel Castro, llegó a convertirse en director del Museo del Prado.

Durante sus 18 años al frente, el espacio expositivo recuperó del ostracismo la colección de escultura y aumentó constantemente su fondo pictórico, llegando a «organizar las dos primeras exposiciones monográficas en la historia del Prado, dedicadas en 1902 a El Greco y en 1905 a Zurbarán».

08 García Ramos

El costumbrismo, genero pictórico de por sí castizo, alcanzó su cenit en Sevilla en el pincel de José García Ramos. Con un punto de partida similar al de Villegas, con Fortuny como influencia clara, pero bajo la enseñanza de José Jiménez Aranda, José García Ramos desarrolló una pintura más naturalista que el anterior, sin perder la tendencia de base.

En 1905 pintaba José García Ramos esta «Salida de un baile de máscaras»

En 1905 pintaba José García Ramos esta «Salida de un baile de máscaras»

El artista, nacido en 1952, fue un entusiasta de las celebraciones y tradiciones, en especial las sevillanas. Tanto es así que terminó diseñando algunos de los primeros carteles de las Fiestas de Primavera hispalenses, poco antes de morir, en 1912. Año en que culminó otra de sus obras más conocidas, «Malvaloca», que se exhibe en el Museo de Bellas Artes.

Su producción central aglutinó escenas de Sevilla, como «Baile por Bulerías», «La cofradía» o «El primer ensayo», pero también instantáneas que plasmaban el lujo de la alta sociedad de la Belle Époque.

Un ejemplo son los Bailes de Máscaras. Según José Luis Díez, buscaba «introducir sus obras en el mercado internacional, en este caso el argentino donde, este tipo de escenas comenzaba a adquirir un gran éxito entre la más rica clientela».

García Ramos cierra la etapa costumbrista, esa en la que también marcaron la diferencia Gonzalo Bilbao, José Rico Cejudo y Alfonso Grosso.

09 Luis Gordillo

La «Serie Roja 2», de Luis Gordillo (1982) contiene incontables motivos donde no faltan objetos cotidianos

La «Serie Roja 2», de Luis Gordillo (1982) contiene incontables motivos donde no faltan objetos cotidianos

Con un contexto social tan complejo como el vivido durante las primeras décadas del siglo XX (las grandes guerras, el sistema económico, los medios de comunicación emergentes y la publicidad, entre otras cuestiones), los temas y estilos naturalistas cedieron el espacio al arte contestatario de las vanguardias.

En Sevilla, aunque se mantuvo el gusto por lo hispalense y por el paisaje, a través de nombres como Teresa Duclós o la mencionada Carmen Laffón, también surgieron propuestas contemporáneas.

Coetáneo a las artistas, pues los tres nacieron en 1934, figura Luis Gordillo, al que muchos consideran como el «Padre del Pop Art».

Expresionista, cubista y abstracto. Pero, sobre todo, con un estilo arriesgado que se traduce en 141 obras pictóricas, entre las que destaca «La familia» o «Gran bombo dúplex», amén de otros trabajos en papel y fotografía e intervenciones en espacios públicos, como el Puente Romano de Córdoba.

10 Curro González

De izquierda a derecha: «España» y «Parada en el último minuto», de 2013 y 2002, respectivamente

De izquierda a derecha: «España» y «Parada en el último minuto», de 2013 y 2002, respectivamente

Aquel lector que conozca los jardines del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo sabrá de una curiosa estatua de lo que parece ser un «Hombre-Orquesta». La obra, que lleva por título «Como un monumento al artista», pertenece a Curro González, fundamentalmente pintor, y último nombre de esta selección.

González nace en 1960, y arranca su producción en plenos años 80, década de la que es abanderado artístico. Entre sus influencias se encuentra Pieter Brueghel el Viejo, Mark Rothko y Jackson Pollock.

Expresionista abstracto en primera instancia, termina por adoptar un estilo donde predomina el dibujo de intenso colorido y, sobre todo, con una clara crítica social.

En ocasiones desconcertante y surrealista. A veces irónico y divertido. González aglutina sus trabajos en series, que titula de forma sugerente como «Deja que el futuro pase de largo», «El hombre que soñó que se caía de la cama» o «La broma inacabada».