Es uno de los grandes espacios olvidados de Sevilla, pese a dar nombre a todo el Parque Científico-Tecnológico y Campus Universitario del oeste de la ciudad. Olvidado no por falta de mantenimiento, sino de conocimiento social de su intensa y cambiante historia, más reconocible por su etapa como fábrica de cerámica.

Hablamos del Monasterio de Santa María de las Cuevas, ahora de actualidad por acoger la undécima edición de Nocturama, un ciclo de conciertos de diversos estilos y artistas, y habitual sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC).

Musulmán y cristiano

En tan sólo un par de párrafos se han apuntado hasta cuatro usos de este amplio espacio que se remonta a la época almohade, lógicamente no en su actual apariencia, y que ya apuntaba la actividad manufacturera. En aquel entonces (siglo XII) con barro, pues además de fértiles, las tierras eran especialmente arcillosas.

En las cuevas que creaban con la extracción de la materia prima se apareció una virgen, justo tras la expulsión morisca, lo que provocó que el espacio se convirtiera en lugar de peregrinación y rezo. Siempre según la leyenda, como es lógico.

No es un relato, en cambio, que en 1399 el Arzobispo Gonzalo de Mena levantara en el «sacro lugar» un monasterio, sustituyendo a una ermita franciscana previa. Como tal tuvo su crucero a las afueras, la llamada «Cruz de los ladrones», que marcaba la senda hacia Triana y que recibía ese nombre por haber sucedido en tal punto un misterioso episodio de robo de las joyas de la Virgen y feliz recuperación.

Bajo la enredadera de este patio se encuentra, desde el previo de la Expo 92, la llamada «Cruz de los Ladrones» / Fran Piñero

Bajo la enredadera de este patio se encuentra, desde el previo de la Expo 92, la llamada «Cruz de los Ladrones» / Fran Piñero

Al igual que sucediera con el resto de cenobios sevillanos, éstas construcciones vivieron una larga época de prosperidad, armonía, y sobre todo, control… truncada con la llegada del siglo XIX.

En primer lugar con la invasión napoleónica, y con la exclaustración definitiva en 1936 con objeto del implacable proceso de Mendizábal.

Pero no sólo desaparecieron los monjes, también la dotación artística, entre la que destacaban obras de Murillo, Alberto DureroAlonso Cano o Zurbarán, como el inquietante lienzo de «San Hugo en el refectorio», hoy conservado en el Museo de Bellas Artes, pero también esculturas de Juan de Mesa y Martínez Montañés.

Azulejos multimotivo / Fran Piñero

Azulejos multimotivo / Fran Piñero

Como guiño, y teniendo en cuenta que también es sede del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH), el Señor de Pasión permaneció expuesto en la capilla de Santa Ana del Monasterio (entrando a la derecha), tras ser sometido a una restauración en 1996.

En ese primer tercio del 1800, por tanto, el monasterio quedó abandonado, hasta que en 1839 comenzase su andadura como fábrica de loza, la del Marqués de Pickman, una etapa que se extendió hasta 1982, con los necesarios cambios en la fisonomía del conjunto, en forma de alargadas chimeneas (hubo diez pero se conserva la mitad).

Entonces llegó la Expo 92, revulsivo no sólo para la ciudad sino también para el vilipendiado edificio, que se preparó para ser el Pabellón de Sevilla durante la muestra. Por primera vez en mitad de un territorio urbanizado, y siendo considerado Monumento Nacional desde 1964.

Lugar colombino…

Con la resaca del gran evento, hubo que esperar 5 años para ver el ex cenobio convertido en museo de arte contemporáneo, con exposiciones temporales y también obras fijas, como la siempre sorprendente y metafórica estatua de Curro González «Como un monumento al artista», esa especie de hombre orquesta de las humanidades.

«Como un monumento al artista» / Fran Piñero

«Como un monumento al artista» / Fran Piñero

La efigie, dispuesta en uno de los accesos a los vastos jardines, no luce muy lejos de otra escultura, esta vez en piedra blanca, y dedicada no a un artista, sino al descubridor en mayúsculas: Cristóbal Colón.

Probablemente es el homenaje menos conocido de la ciudad al genovés, teniendo en cuenta el sepulcro catedralicio, la apoteósis colombina del Paseo de Catalina de Ribera o la macroinstalación del Huevo de Colón en San Jerónimo. Sin embargo, es el primero que se realizó: en 1887.

La razón que llevó a la Marquesa de Pickman a colocar allí la estatua era clara: los restos de Colón habían «descansado» en el antiguo Monasterio (en la otra capilla de Santa Ana, donde también recibió culto, tiempo atrás, el Cristo de los Cálices) durante más tres décadas.

Así lo decidió el hijo, Diego Colón, conocedor del vínculo entre el cenobio y el navegante. Tanto los legajos y publicaciones custodiados en la biblioteca de Santa María de las Cuevas como la «virtud» y sabiduría de sus frailes fueron constantemente consultados en la preparación de los viajes al Nuevo Mundo y su evangelización.

Monumento a Cristóbal Colón en el antiguo Monasterio de La Cartuja, lugar donde «descansaron» sus restos / Fran Piñero

Monumento a Cristóbal Colón en el antiguo Monasterio de La Cartuja, lugar donde «descansaron» sus restos / Fran Piñero

Además, y entroncando con una «nueva» función del enclave, la de la hospedería, Cristóbal Colón pernoctó más de una vez en La Cartuja, al igual que hicieran el humanista Arias Montano, el rey Felipe II y otros monarcas de paso por la ciudad, o la religiosa Teresa de Ávila.

… y Teresiano

El caso de la santa era distinto. No concebía el lugar como residencia temporal, para eso tenía su recién fundado convento, sino como refugio espiritual.

No es novedad que la estancia de Santa Teresa de Jesús en Sevilla fue de todo menos placentera. En cambio, el Monasterio de la Cartuja, y sobre todo su entonces prior, Fernando Pantoja, le hacían sentir protegida.

Hornacina vacía de la Capilla «de» Santa teresa / F.P.

Hornacina vacía de la Capilla «de» Santa teresa / F.P.

Curiosamente, las reuniones con el religioso tenían lugar en la Huerta Grande, pues las directrices eclesiásticas impedían el acceso de mujeres al recinto.

Por ello se construyó la Capilla de Santa Ana, la primera de las mencionadas en este reportaje, no la «de» Colón. Hoy integrada por la fachada principal, en el siglo XVI, en el exterior.

Toda esa herencia, más el uso como cuartel en la época de José Bonaparte, rezuma por cada rincón de La Cartuja, que ha vuelto a reinventarse no sólo como espacio de Bellas Artes sino también como escenario musical, con los festivales de Territorios (desde 2006) y el que actualmente puede disfrutarse: Nocturama.