Será el calor de las seis de la tarde de los proverbiales julios de Velá, que este año se ha visto inmersa en una recurrente ola de calor, o quizá que hay exceso de entretenimientos individuales para llenar las horas de la postsiesta, pero la cucaña ya no es el espectáculo acuático que congregaba multitudes no sólo en la primera zapata del río sino en la orilla sevillana del Guadalquivir, como bien muestra la segunda fotografía de esta página, fechada en 1929 y realizada por Dubois, que da idea de la expectación y el atractivo que ejercía el juego para los sevillanos de aquellas calendas.

Auge y repecho de la cucaña

Grabado de Francisco de Leygonier que recoge los festejos con cucaña en el río celebrados por el nacimiento de la Infanta Cristina en el Palacio de San Telmo

Y no hay que remontarse tan atrás en el calendario; en más cercanas fechas, proclives a los inocentes pasatiempos que, además, no costaban un duro, el peculiar teatro de la que fue calle de Río antes que Betis, lograba lleno hasta la bandera.

La chavalería, de rabioso moreno, sigue trepando y gateando por el palo, ensebado  con grasa biodegradable facilitada por Persán, desde el barco amarillo con el que Lipasam saca las basuras del río, este año patrocinado por la Fundación Cajasol, que ha aportado 6.000 euros para la celebración de la actividad.

Ahí no fallan los jóvenes, que compiten cada día por una de las cinco banderitas que colocan al final del palo. Pero el público declina su asistencia a este tradicional juego que viene practicándose en el teatro de la calle Betis desde principios del pasado siglo XX.

Auge y repecho de la cucaña

Las orillas trianera y sevillana estaban abarrotadas, al igual que el río jalonado de embarcaciones para contemplar el espectáculo de la cucaña

Aunque, como recuerda el cronista de Triana, Ángel Vela Nieto, se celebró una cucaña en el Guadalquivir en honor a Napoleón Bonaparte en plena invasión francesa en 1810, el auge del juego se disparó con los festejos por el nacimiento en el Palacio de San Telmo de la Infanta Cristina de Orleans, hija de los duques de Montpensier, en 1852, justo el año en que fue inaugurado el puente de Triana. Medio siglo después, con la Velá llevada a la calle Betis, la cucaña se haría consustancial a la fiesta del arrabal, la más antigua de Sevilla. Concretamente, detalla Ángel Vela, la primera cucaña consignada en programa se celebró en 1910 y fue idea de un montañés, Manuel Carriedo, hombre de mar afincado en el barrio, que formaba parte de la comisión de vecinos que organizaba los festejos trianeros.

No quiere dejar Ángel Vela de resaltar que en los años sesenta y setenta «las perrillas que se ganaban con los premios de la cucaña ayudaban a resolver muchos problemas de casas necesitadas». «¿Más calor? —dice—, antes hacía más dentro de las casas que fuera y en el río varios grados menos».