¿Se imaginan tener que pagar al entrar en Triana con alguna mercancía? ¿O ver el arrabal repleto de columnas de humo provenientes de las chimeneas de los hornos de cerámica? Estas estampas de antaño seguro que retrotraen a muchos lectores a la Triana de ayer, a un arrabal universal «forjado en el yunque de la miseria y de la adversidad» como explica el trianero Esteban Hernández.

A través de su mirada, plasmada en las líneas de un libro privado donde ha recopilado historias y vivencias de su barrio natal, rememoramos cómo era Triana en los años 40. Entonces sí existía el fielato, una pequeña oficina «donde se le cobraba a todos los transportistas que traían algunas mercancías a Sevilla, una tasa a modo de impuesto de tránsito y a la vez, vigilaban la posible entrada de contrabando». La extensión por aquel entonces del arrabal difiere bastante a la actual: «en aquellos tiempos era la décima parte de lo que es hoy, solamente existía lo comprendido entre las calles Pagés de Corro y el río y desde el Patrocinio al Puente de San Telmo, algunas calles que componían el barrio Voluntad como Ruiseñor, Justino Matute, Prosperidad, Lealtad o Constancia, y algunas casas particulares en el barrio León».

Por supuesto, Triana estaba dividida en la Cava de los Civiles, la zona más industrial donde se ubicaban los talleres de alfarería, hornos de tejas y ladrillos o fábricas de jabones, y la Cava de los Gitanos. Según recuerda Hernández, «destacaban lugares legendarios como el Patrocinio, un pequeño arrabal donde se instalaron un importante número de familias procedentes de las tierras de Onuba, dándole nombre a calles terrizas con olor a barro como Aracena, Odiel, Peña de los Ángeles y su calle emblemática Virgen del Patrocinio». El Polvero Salas, la serrería de los hermanos Pérez Aranda, la chatarrería del Vinatero, en cuyo lateral se ubicó una de las tabernas más famosas en aquellos tiempos -Sol y Sombra-, eran pequeñas industrias que destacaban en su contorno cercano.

Asimismo, prosigue este trianero a través de su memoria, «otro pequeño arrabal era la plaza de Chapina, y su legendario bar-tienda El centro de Castilla, que lo regentaba Artemio, un personaje bonachón muy querido por la gente del barrio. Este bar fue punto de reunión de empresarios areneros y tratantes de ganado». Sin dejar atrás la plaza del Zurraque, cuna del cante por soleares en aquellos tiempos «que cantaran los obreros alfareros, convirtiéndolas en exquisitas melodías». Detrás de calles emblemáticas y marineras como Magallanes, Pinzón y Alvarado, se construyó el hotel Triana, sobre los terrenos de Carriedo para la exposición universal de 1929.