Cuando el mercurio sobrepasa los 40 grados, resulta impensable en esta tórrida Sevilla no hacer uso de electrodomésticos básicos hoy día como el frigorífico, congelador o aparatos de aire acondicionado que puedan sofocar las altas temperaturas. A diario los termómetros aparecen en los medios informativos para reiterar las olas de calor y «confirmar» que en verano, la canícula pocas veces da una tregua.

Pero por todos es sabido que este incensante bochorno, propio de la época estival, no es novedad. Aunque cada año nos parezca que llega la más abrasadora de todas las olas de calor habidas y por haber, cierto es que antaño -y no hablamos de hace siglos, sino de hace tan sólo décadas- también se soportaban en la capital hispalense los 40 grados a la sombra. Por aquel entonces, y nos remontamos a la década de los años 50, aliviar el calor era cuestión de aprovechar los escasos recursos de los que la mayoría disponían.

Había que buscar los resquicios para alcanzar algún soplo de aire fresco, y muchos dormían a la intemperie con los colchones en el patio para conseguir conciliar el sueño aprovechando el leve descenso de las temperaturas nocturnas. Pero, si durante el día también existía en la ciudad un sol carnívoro, ¿cómo hacían frente a los azotes del mercurio?

Sin frigorífico, sin neveras, se subsistía. Así lo recuerda el trianero Esteban Hernández. El tan esperado «carro de nieve» era el que proveía de los refrescantes bloques de hielo que se usaban para enfriar, sin más artilugio ni mecanismo que eso mismo, una «salvadora» barra de hielo. «Antes de que se extendiera el uso del frigorífico, el hielo se llevaba directamente a las casas y a los bares», explica. Una estampa habitual en las calles del arrabal era ver a los repartidores con las barras heladas al hombro, «protegidos con tela de saco». Entonces el «carro de nieve» distribuía no solo en Triana sino también en las calles de Sevilla, como la imagen que se muestra en este reportaje donde aparece aparcado junto al edificio de la antigua audiencia, en la plaza de San Francisco, en la primera mitad de la década de 1950 según el archivo Gelán, de la Hemeroteca Municipal de Sevilla.

Una estampa que recuerdan muchos trianeros que en su niñez veían pasar a los vendedores de hielo con el popular «carro de nieve».

También en la provincia

Un experto en el tema meteorológico, José Antonio Maldonado, cuenta en su blog como también en la provincia de Sevilla -pasaba las vacaciones en Alcolea del Río- sobrevivían a las altas temperaturas en esa época gracias a «los tragos frescos de los búcaros», y como no existían los frigoríficos, se compraban las barras de hielo «que había que ir a comprar a una fábrica que existía en el pueblo donde lo vendían en barras y que se transportaba en cubos o al hombro, envuelto en un plástico, para luego trocearlo».

Y a pesar de todas las vicisitudes, el calor, el mismo que soportamos hoy bajo el aire acondicionado y con bebidas refrescantes recién sacadas de la nevera, se sobrellevaba en plena época estival «con felicidad». «Porque no añorábamos lo que no teníamos», sentencia Maldonado. Y quizás, porque siempre ha habido «soluciones» a lo largo del tiempo.