Ahondando en la esencia y memoria de Triana, y retrocediendo hasta los años 40, descubrimos un arrabal dividido. Un pasado que muestra dos lugares emblemáticos a esta orilla del río, habitados por «payos y gitanos», todos ellos hijos de este histórico barrio. Atrás quedó esa segmentación que distinguía a las dos Triana para el recuerdo. Quién no ha oído hablar de la Cava de los Civiles o la Cava de los Gitanos pero, ¿dónde se situaban estas dos zonas conlidantes?

«La primera, la Cava Alta o de los Civiles, era la zona más industrial del barrio, popular por sus talleres de alfarería y herrería artesanal, sus hornos de tejas y ladrillos y sus fábricas de jabones finos. Los moradores de esta parte le dieron este nombre por ubicarse en Pagés del Corro un cuartel de la Guardia Civil», explica el trianero Esteban Hernández en su libro privado «Triana en la memoria. 1940-1960». «Destacaban lugares legendarios como el Patrocinio, un pequeño arrabal donde se instaló un importante número de familias procedentes de las tierras de Onuba, dándole nombre a calles terrizas con olor a barro como Aracena, Odiel, Peña de los Ángeles y su calle emblemática Virgen del Patrocinio», recuerda.

En su contorno cercano, prosigue, finalizaba la calle Castilla, donde también destacaban pequeñas industrias. Pero una de las curiosidades que registraba esta entrada a Triana era la existencia de un Fielato, «una pequeña oficina donde se le cobraba a todos los transportistas que traían algunas mercancías a Sevilla una tasa a modo de impuesto de tránsito y a la vez, vigilaban la posible entrada de contrabando».

La plaza de Chapina, Magallanes, Pinzón, Alvarado, la zona del Zurraque, entre otras, componían la denominada Cava de los Civiles, algunas de ellas repletas de hornos «con estelas de humos negros como crestas que se elevaban en el cielo de la antigua Triana».

San Jacinto, la linde

La calle San Jacinto, «arteria linde de las dos cavas», era la vía que unía a ambas zonas del arrabal. Así, siguiendo por Pagés del Corro a partir de esta arteria principal, nacía la Cava Baja o de los Gitanos, que según explica Hernández, «recogía el nombre de la Triana gitana, cuna del cante flamenco, del baile, de famosos toreros y tantos otros personajes populares que dieron vida a un folklore único en el mundo y que aportó en los tiempos de la posguerra un poco de alegría compensando tantas calamidades».

Esta parte comprendía «la otra mitad de Pagés del Corro y calles como Betis, Pureza, Rocío, Bernardo Guerra, Pelay Correa…». Precisamente en esta última «existieron dos tabernas populares: la de El Morapio y la de Vélez». Un lugar clave de los trianeros de esta zona fue la plazuela de Santa Ana, ubicada frente a la Parroquia de Santa Ana.

«El gitano de Triana nunca se ha sentido rechazado, sino todo lo contrario. Ha sido un ser completamente integrado en su entorno», pues en los corrales de vecinos convivían unos y otros sin desavenencias. «Aquí no hubo choques de razas ni brotes xenófobos. Los dos pueblos, el autóctono y el gitano partían de la misma base de precariedad; se sostenían con los mismos pies de barro», declara Esteban Hernández. Y es que las carencias, las adversidades, la difícil situación económica de las familias, no fue más que un acicate para armonizar la convivencia de estos vecinos divididos por una línea intangible.