El vendedor de foñico, el lañaor, el trapero, el ditero… Sus nombres fueron muy conocidos en el arrabal, profesiones que los convirtieron en personajes pintorescos de la época. Ya por aquel entonces, la necesidad hacía agudizar el ingenio y llevó a muchas personas a «buscarse la vida de una manera particular». Nacen así los «autónomos ambulantes», como los denomina Esteban Hernández en su obra privada «Triana en la memoria. 1940-1960», con sus peculiares pregones «dando a conocer sus servicios o las mercancías que ofrecían».

Lejos de controles sanitarios o licencias, en los años cincuenta discurrían por las calles del arrabal para ganarse el pan. Así, el vendedor de foñico iba acompañado con una mula «con grandes angarillas, vendiendo las hojas secas y crujientes de la mazorca de maíz, el foñico, que se utilizaba para rellenar la mayoría de los colchones de aquellos años». El sonido que este relleno provocaba en las camas de los trianeros lo denomina Hernández como «la sinfonía de la pobreza», al ser un material utilizado principalmente por las familias más humildes.

El lañaor se encargaba de «reparar lebrillos y toda clase de cacharros de barro. Su especialidad consistía en unir las grietas con un trozo de alambre, mediante dos taladros en forma de punto de sutura, y se llamaba laña», añade el trianero. Con un trozo de latón tapaba los agujeros de cubos, peroles y otros utensilios de cocina el conocido como el latero. Mientras que el trapero, «recogía botellas, trapos viejos, cartón o papel y chatarra, para venderlos luego por unos míseros reales en la chatarrería del «vinatero» para su reciclaje».

Mediante otras formas «menos ortodoxas», explica Hernández que se ganaban la vida los colilleros. «Había un tráfico organizado de tabaco adulterado, la materia prima la obtenían tras una recogida previa de las colillas tiradas en las calles y tabernas», asegura.

Más agradable y aromático para el olfato era el trabajo que desempeñaban las vendedoras de moñas de jazmines, «con una bandeja de cartón repleta de moñas de jazmines, dejando el aroma y la fragancia que desprendían los pétalos blancos».

El vendedor de foñico o el lañaor, los «autónomos ambulantes» de Triana

Repartidores de hielo en la década de los cincuenta. / Archivo Gelán. Hemeroteca Municipal de Sevilla.

El ditero, el carbonero o el zapatero remendón

Según describe en su obra este trianero, «a principios de los años 50 apareció la figura del ditero. Este personaje se dedicaba a vender por las casas, sobre todo en los corrales de vecinos, donde el poder adquisitivo era escaso, todo tipo de ropas y enseres domésticos. Los vendían a plazos, como se decía en aquellos tiempos, a dita, y todas las semanas pasaba a cobrar una pequeña parte del total», por lo que alcanzó gran popularidad entre las jóvenes casaderas que en cómodos plazos pagaban su ajuar.

Quienes fueron una pieza clave en la vida diaria del barrio en aquella época era la figura del carbonero, «vendiendo el único combustible básico: el carbón. Se usaba para cocinar y los trozos pequeños -el cisco picón- se destinaba para el brasero». A muchos trianeros les sonará la carbonería del Lobo, una de las más populares del arrabal.

El zapatero remendón, por su parte, eran «personas muy respetadas por sus convecinos, sabían leer y escribir -incluso enseñaba a los niños del corral que no podían ir a la escuela- y se creaban tertulias alrededor de esta figura». Una estampa también característica de la época eran los vendedores de hielo, cuando aún no había nevera, que transportaban sobre el hombre las barras heladas protegidos con tela de saco, en su popular carro de nieve para transportarlos hasta las casas y bares.

Imágenes que muchos aún conservarán en su memoria, de aquella Triana repleta de «autónomos ambulantes». «Melones, sandías, dornillos para el gazpacho, búcaros de Lebrija», eran también productos que se transportaban en burro para poner a la venta. Y aunque estos personajes ya desaparecieron, algunos aún perviven por las calles del arrabal, que también entonces fueron personajes pintorescos del barrio como los que vendían higos chumbos, palodú o castañas asadas.

Fotografías: Archivo de Esteban Hernández