Hace honor a su nombre. Su descripción fidedigna la recoge cualquier diccionario: «Cerro o monte de poca altura en terreno llano». Pero más allá de su fisonomía, la popular plaza del Altozano en Triana es el corazón del arrabal, la entrada a un barrio que desde sus orígenes destila historia y arte que se huelen nada más cruzar el puente de Isabel II.

Si hay alguien que bien conoce este enclave, y sobre el que ha publicado innumerables líneas es el escritor trianero Ángel Vela. Respecto al nombre, hace alusión a su propia denominación. «Se llama Altozano por ser un lugar elevado, siempre se llamó así. En mi libro «Triana, semblante y genio» hablo de todos los Altozanos, el del puente de barcas, el del puente de hierro, el de la Exposición Iberoamericana y el actual. Altozanos muy distintos», asegura.

«Siempre fue foro o mentidero del barrio, la plaza mayor de la comunidad a la que no le faltaba un detalle: Capilla, relojes públicos y hasta un edificio con porte de Ayuntamiento», detalla. Y es que la imagen de este emplazamiento hace un siglo nada tiene que ver con la actual. Las instantáneas de la época reflejan esa plaza con sabor y olor a pueblo, con un mercado entonces casi derruido sobre el solar del Castillo de San Jorge. Al fondo, la misma arteria principal, San Jacinto, pero con la peculiaridad de unos edificios con pórticos en su confluencia con San Jorge. Carruajes hacia arriba y hacia abajo y una Torre del Reloj que permitía que no le faltara ni un segundo al arrabal.

La plaza del Altozano, monte y mentidero de Triana

La plaza del Altozano con la original Torre del Reloj.

«La consolidación de este espacio urbano corre paralela a la construcción del puente y del castillo para su defensa, como nudo entre los caminos Real de Camas (actual Castilla) y San Juan de Aznalfarache (actual San Jacinto)», se extrae del Diccionario Histórico de las calles de Sevilla. Asimismo, en este libro se explica la elevación de las cotas de la plaza «debido a la construcción del puente de Isabel II en 1845, pudiéndose comprobar hoy día este hecho por la diferencia del nivel entre el mercado y ésta».

Cambios sustanciales

Los soportales característicos de la zona se derriban en 1880 y a principios del siglo XX comienzan a efectuarse una serie de modificaciones sobre este enclave. Entre ellas, se da forma curva a la esquina de San Jorge para el giro de los tranvías.

La plaza del Altozano, monte y mentidero de Triana«Hoy está pintada como una carretera pero continúa siendo el corazón de Triana con su nueva Capilla -conocida como «el mechero»-, resultado del 29, la casa-botica de Aurelio Murillo, los edificios de los años veinte y sus dos estatuas -al torero Juan Belmonte y al Arte Flamenco-, además del reloj del edificio El Faro al que se le ha dotado de un carrillón flamenco», destaca Ángel Vela.

Asimismo, existía una rampa de acceso por el lado de la calle Betis que a finales del siglo XIX fue sustituida por la denominada «escalerilla de Tagua», llamada así por su constructor Baldomero Tagua. «Se asemeja hoy a la escalinata famosa de Roma», añade Vela.

Lugar de reuniones y encuentros, notablemente marcado por su carácter comercial, por aquí han pasado infinidad de mercancías, personajes, toreros, cantaores, y ha congregado un variado conjunto de tenderetes para la venta de diversos productos. Y citando al escritor, «está pintada como una carretera», pero la plaza del Altozano sigue constituyendo el centro neurálgico de este arrabal camuflada por el alquitrán.