Si hace unos días conocíamos los juegos tradicionales que desde hace décadas dejaron de ser estampa inconfundible de Triana, hoy descubrimos los entretenimientos con los que se distraían antaño las niñas trianeras. Por aquel entonces, los niños con los niños y las niñas con las niñas por lo que existía distinción de juegos según el sexo.

Así, mientras los más pequeños jugaban a la billarda, la lima o a las bolas, ellas optaban por el turco, el cordel o el juego del corro. «Aparte coleccionaban también cromos, con un troquelado reluciente, mientras que los niños eramos aficionados a las estampas, para diferenciarlos de los cromos», apunta el escritor trianero Ángel Vela. Las niñas se alejaban de la peligrosidad de aquellos balines que de forma casera se hacían con una goma elástica y doblando trocitos de papel, para «pintar en el suelo con tiza unas casillas numeradas y avanzar de una en una con una loza o mármol», es decir, para jugar al turco como explica José María Fuentes. «También jugaban a las prendas o el elástico», añade.

«Irremediablemente, y por aquello de la educación imperante en aquellos años, en los que a las niñas había que prepararlas para que fueran mujeres de su casa, es decir, esclavas de sus padres y de sus futuros esposos, los regalos de reyes que recibían eran muñecas, para que fuesen preparándose para el porvenir, y un estuche con los más variados utensilios de cocina, con el objeto de que fueran acostumbrándose a ellos y no rechazaran jamás la frase machista de que «la mujer y la sartén, en la cocina están bien. ¡Qué tiempos!», comenta Emilio Jiménez Díaz.

Según recuerda, la más preciada era «la célebre Mariquita Pérez, pero como todos los padres no se podían permitir costear tan caro ejemplar, la mayoría de ellas eran de cartón muy bien coloreado y vestidas con modelitos de la época, llegando la primera desilusión cuando se empeñaban en bañarlas», declara Jiménez Díaz.

Después de estas muñecas de cartón piedra llegaron «las de plástico y goma», y hoy día, «atrás quedó la cuerda saltarina -llamada cordel- el diábolo, las dichosas cocinitas y esas muñecas a las que se les iba la vida tras el primer aseo. En nuestros días, afortunadamente, son las propias madres las que ya educan a las hijas de otra manera, alineándolas en una sociedad a la que cada vez se incorpora más la mujer, injustamente relegadas no hace muchos años exclusivamente a las labores «propias del hogar», sentencia el escritor trianero.

Fotografía: Emilio Jiménez Díaz