Manuel Nieto Calvo, fallecido el pasado 30 de enero a los 93 años, hizo de su carrera de profesor de Ciencias una pasión que inculcó a generaciones de alumnos sevillanos durante más de cuarenta años de ejercicio ininterrumpido, primero en el colegio Alfonso X el Sabio de la plaza del Duque y luego en los Maristas, tanto en la calle San Pablo como en Paraíso, 8, tras un fugaz paso por los Salesianos de Triana. Más aun, privilegio reservado a los profesores que dejan huella, dos de sus exalumnos, los sacerdotes José Luis García García y el canónigo Ángel Gómez Guillén, concelebraron el funeral por su alma en la parroquia de San Isidoro.

Nieto, de acendradas convicciones católicas que mantuvo hasta el último hálito de vida, quintaesenció el lema de «humildad, modestia y sencillez» que el fundador Marcelino Champagnat había simbolizado en las tres violetas que de forma casi permanente lucía en el ojal de la chaqueta, predominantemente de mezclilla o marrón, que vestía bajo la bata blanca que usaba para evitar el polvo de tiza. Tanta pasión le puso a su tarea en los Maristas que a su jubilación, le concedieron la insignia de Oro y Brillantes del instituto secular.

En clase, era un profesor estricto e insobornable, pero de maneras suaves y afabilidad de trato hasta que algún alumno le hacía perder la paciencia. Medio centenar de pupilos apiñados en aquellas aulas casi siempre dábamos motivos. Sin embargo, la talla docente de don Manuel sabía imponerse en todos los casos a pesar de su poca presencia física que le había librado de servir en el frente cuando la Quinta del Biberón a la que pertenecía fue llamada a filas al comienzo de la Guerra Civil y que inspiró el remoquete cariñoso con que sus alumnos lo llamaban fuera del aula. Nieto tenía experiencia más que sobrada: había comenzado a dar clases, siempre a bachilleres, con 22 años y llegó a compaginar las mañanas en el Alfonso X y las tardes en los Maristas más las inevitables clases particulares (una de 8 a 9 y otras cuatro más a partir de las 18 horas) de la época para complementar el sueldo con que sacar adelante su familia numerosa.

«Aún tenía tiempo cuando llegaba a casa de repasar con nosotros, porque mi padre era muy exigente con los estudios de sus hijos», recuerda su hijo Manuel Nieto, vicepresidente del Consejo de Cofradías. «Tenía en muy alta estima su profesión, que para él era tan especial como el sacerdocio por la responsabilidad del educador en la formación de sus alumnos», rememora.

Toda su vida fue profesor y no quiso ser otra cosa: tenía el título de profesor mercantil y el de procurador (entonces no se exigía licenciatura de Derecho), pero nunca ejerció. En la esquela de ABC figuraban los dos títulos a los que más valor concedió en vida: profesor y hermano del Museo, en cuyo columbario reposan sus cenizas.

De joven había llegado a salir de nazareno en los Estudiantes, pero luego hizo del Museo la hermandad familiar. Y ello a pesar de no haber nacido en Sevilla, sino en una aldeíta salmantina junto a la Raya de Portugal: Zarza de Pumareda, pasado Vitigudino. Perdió muy joven a su madre y con doce años llegó a Sevilla para estudiar en el internado de los salesianos de Utrera, quizá aleteando una vocación religiosa en la que no perseveró. En Sevilla se afincó ya para siempre: aquí culminó los estudios superiores, se casó, se hizo bético (se dio de baja tras una intervención quirúrgica en los años 60 cuando era el socio 306) formó su  familia y ejerció de profesor destilando la química de las violetas maristas. Le sobreviven su viuda, Paz Pérez López, y cuatro de sus cinco hijos.